Las puertas del piso ejecutivo se abrieron con un sonido metálico y cortante. Era lunes, y el ambiente ya estaba cargado de tensión. Las secretarias murmuraban entre sí mientras los pasos secos y firmes de Adrien Moreau resonaban sobre el mármol negro. Iba vestido como siempre: traje oscuro, camisa gris perfectamente planchada y una corbata que parecía gritar autoridad. Su expresión era tan rígida como la mandíbula que apretaba cada vez que alguien cometía un error. Y todos, tarde o temprano, lo hacían.
—¿Dónde está el nuevo asistente? —preguntó sin detenerse, sin mirar a nadie.
—En su oficina, señor Moreau —respondió una secretaria con unos nervios apenas perceptibles.
Adrien no contestó. Entró a su despacho, un salón frío, minimalista, lleno de cristales y acero, donde todo olía a control. Y ahí estaba, sentado frente al computador, un joven de piel muy blanca, delgado pero definido, con cabello castaño oscuro, perfectamente peinado pero a su vez desordenado, y una camisa que apenas disimulaba lo ajustado de su cuerpo. Tenía una expresión serena, pero sus ojos verdes dejaban ver una ansiedad que intentaba ocultar.
—Así que tú eres Elías —dijo Adrien sin saludar, cerrando la puerta tras de sí.
Elías se puso de pie de inmediato.
—Sí, señor Moreau. Es un honor formar parte de su equipo —respondió con voz firme, aunque por dentro temblaba.
Adrien lo observó en silencio.
—No me gustan los errores. No tolero retrasos. No me repitas nada dos veces, y jamás te atrevas a cuestionarme —espetó, deteniéndose justo detrás de Elías—. ¿Está claro?
—Sí, señor.
—Bien. Porque no estás aquí por tu currículum. Estás aquí porque a alguien le debes favores, ¿no es así?
Elías tragó saliva. Sabía que estaba muy capacitado para el puesto, pero no podía negar que su entrada tuvo influencia y recomendación de terceros. Por eso mismo se iba a dedicar a demostrar en carne viva lo apto y calificado que estaba para ese puesto. Adrien no sabía nada, pero lo decía como si lo supiera todo.
—Estoy aquí para trabajar, señor.
Adrien solo movio los labios, una mueca irónica que no alcanzó sus ojos.
—Veremos cuánto duras.
Esa misma mañana, Adrien no dejó de darle órdenes: que le organizara el escritorio, que revisara contratos antiguos, que le trajera café, aunque ya había una asistente para eso. Prácticamente le pedía cosas sin darle una inducción previa. Era como si buscara un motivo para quebrarlo. Pero Elías, con la mandíbula apretada, cumplía con cada orden. Lo hacía en silencio. Lo hacía bien. Se tenía que ganar el respeto, aunque pronto se daría cuenta de que fue su peor decisión.
A la hora del almuerzo, Adrien no salió. Elías tampoco. El ambiente estaba impregnado de una tensión densa. Adrien lo observaba trabajar desde su escritorio de vidrio. No decía nada, solo lo miraba. Cada tanto fruncía el ceño, como si algo no cuadrara en ese cuerpo delgado, en esa forma tan calmada de moverse.
De pronto, Adrien se levantó y se acercó con pasos lentos. Colocó un documento sobre la mesa de Elías, lo hizo con brusquedad, y lo obligó a levantar la vista.
—Tienes buena letra —comentó, sin emoción.
Elías parpadeó, confundido por el comentario.
—Gracias... —respondió con cautela.
—Pero eso no significa nada si eres inútil. Quiero todo este informe revisado y corregido antes de las cinco.
—Lo tendrá, señor.
Adrien se inclinó un poco, sus ojos grises fijos en los de Elías.
—Y no me mires así. Esa mirada de niño bueno seguro de sí mismo no funciona conmigo. No te confundas.
Elías desvió la mirada, sintiendo una mezcla de rabia y vergüenza. Pero también algo más, algo que no supo identificar.
Adrien se dio la vuelta y volvió a su escritorio. Pero mientras lo hacía, no pudo evitar notar el olor suave y natural que desprendía Elías. Era limpio, sutil, Se dijo que era absurdo, pero ese olor... le quedó en la memoria durante todo el día.
Y así comenzó todo.
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Nota de la autora:
¿Tienes dudas sobre la personalidad o carácter de Elías?
Déjame tu pregunta en los comentarios, y te la aclararé.
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Contrato de silencio
Romance¡Maldigo el día que entré aquí! Un jefe cruel. Un asistente que no se rinde. Adrien Moreau es todo lo que Elías odia: frío, controlador, intocable. Pero en esa oficina, entre órdenes, miradas que queman y silencios que gritan, algo se rompe. Y lo pe...
