capítulo 1: El Despertar del Burricornio

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Alana siempre había sentido que algo no encajaba. No era que ella estuviera mal, sino que el mundo parecía... demasiado absurdo para ser real. ¿El sol? Una lámpara. ¿La lluvia? Lágrimas cósmicas. ¿El viento? Un secador de pelo cósmico modelo 3000.

Pero fue un martes raro, justo después de comerse una empanada dudosa, cuando lo comprendió todo.

—¡Claro! —exclamó, con los ojos abiertos como platos de sopa—. ¡Somos una maqueta! ¡Un experimento de alienígenas frustrados con complejo de artista!

En ese mismo momento, un burro se le apareció en su habitación. Pero no era un burro cualquiera. Tenía brillitos en el lomo y un cuerno partido, mal teñido de rosa.

—Soy un Burricornio. Me llamo Hernán —dijo, suspirando como quien ha perdido un reality show intergaláctico—. Antes era un unicornio. Rompí las reglas. Me castigaron convirtiéndome en esto.

—¡Lo sabía! —gritó Alana—. ¿Y los dinosaurios? ¿Y las sirenas? ¿Y los renacuajos existenciales?

Hernán bufó.

—Los dinosaurios están bajo tierra. Los escuchás cuando hay terremotos. Las sirenas viven en las partes del océano que Google Maps no muestra. Y los renacuajos... bueno, esos solo están confundidos.

Entonces, Hernán le dio a Alana un mapa dibujado con tinta de estrella. En él, estaban marcadas las puertas secretas del mundo:

Un agujero bajo una carnicería.

Un portal dentro de una lavadora vieja.

Y una grieta oculta entre las pestañas de la luna.

—Tenés que ir. Sos la única humana que está lo suficientemente loca como para entender todo esto —le dijo el burricornio con seriedad cósmica.

Y así, sin peinarse y con una mochila llena de dudas, Alana se lanzó a la aventura. A buscar sirenas, rescatar dinosaurios cavernosos, y encontrar la verdad sobre por qué fuimos espermatozoides felices y ahora pagamos alquiler.

Alana y el experimento de los dioses aburridosStories to obsess over. Discover now