Para algunas personas, la escuela fue una etapa inolvidable. Una época en la que los días se pasaban entre tareas, juegos, risas con amistades y besos furtivos con parejas adolescentes que prometían un "para siempre" que raramente duraba. Años de emociones intensas, donde todo parecía posible y la vida aún no dolía demasiado.
Pero para Senitey, la escuela no fue ninguna de esas cosas.
Él tenía una teoría, y la defendía con la convicción de alguien que la había vivido: quienes recuerdan la escuela con cariño, seguramente fueron populares o bullies. Porque para el resto —para los que estaban al margen, para los que sufrían en silencio— esos años fueron más una tortura sistemática que una época dorada.
Para muchos, la escuela fue simplemente una pesadilla con horarios.
Senitey formaba parte de ese grupo.
Desde el primer día que pisó aquella institución, su vida comenzó a torcerse como una cuerda en tensión. Recordaba con exactitud cómo sus compañeros le robaban sus pertenencias, le escondían la mochila, le lanzaban burlas crueles que se clavaban como agujas, cómo lo golpeaban en los baños o lo amenazaban para que hiciera sus tareas. Lo peor era que todo eso sucedía ante la mirada indiferente de adultos que solo decían "ignóralos, ya se cansarán".
Pero no se cansaron. Nunca.
Cuando se graduó de secundaria, sintió como si finalmente hubiera escapado de una prisión. Fue una sensación de libertad abrumadora, una mezcla de alivio y miedo al mismo tiempo. Lo único que tenía claro era que jamás quería volver a ver a ninguno de esos rostros que lo persiguieron durante años. Puso todas sus esperanzas en la universidad. Pensaba que las cosas serían diferentes, porque al menos ahí la gente era mayor, se suponía que más madura, menos cruel... ¿verdad?
Pero no.
Pronto descubrió que todavía existían adultos con la mentalidad emocional de un adolescente de quince años.
Aún así, había algo distinto: ahora, Senitey podía elegir con quién rodearse. Y ese pequeño poder le cambió la vida.
Estudiaba Ingeniería Robótica en la Universidad de Yonsei. Era un alumno brillante, con una mente que absorbía conocimientos como una esponja. Estaba entre los mejores de su clase y, a pesar de su perfil bajo, sus profesores lo admiraban en silencio.
Estudiar siempre fue natural para él. Era uno de esos chicos que, incluso sin prestar total atención, lograba entender lo esencial de cualquier tema. Pero no era solo talento: Senitey amaba estudiar. Desde pequeño encontró consuelo en los libros, no solo los de fantasía y aventuras, sino también en los de historia, filosofía, matemáticas y ciencia. Las bibliotecas se convirtieron en su refugio, los libros en sus mejores amigos.
Prefería una tarde de lectura profunda a cualquier fiesta. Su mundo interior era vasto, silencioso y seguro.
Sus padres siempre se sintieron orgullosos de él. Tener un hijo aplicado, respetuoso y tan centrado era motivo de elogio entre sus conocidos. Pero también les preocupaba que, más allá de sus libros, no tuviera amigos. A veces lo observaban en silencio, con ternura y algo de tristeza, preguntándose si él realmente era feliz.
Y, en cierto modo, lo era.
Pero todo cambió cuando conoció a Killah.
Killah trabajaba en la biblioteca del campus. Era completamente opuesto a lo que uno esperaría de alguien en ese puesto: extrovertido, bromista, encantador y lleno de energía. No podía pasar desapercibido ni aunque lo intentara. Senitey lo había notado desde el primer día, pero fue Killah quien se le acercó sin miedo, como si la timidez de Senitey no lo intimidara en lo más mínimo.
