Juro que quería creerle.
De verdad.
Después de todo lo que viví con Tomás, me convencí de que merecía algo distinto. Que Ivo era eso: una especie de respiro.
Alguien que no me hiciera sentir que amarlo era un castigo.
Cinco meses. Cinco.
Y en cinco segundos todo se fue a la mierda.
-Boluda, ¿lo viste? -me dijo Lola, mientras me mostraba la historia desde su celu.
Y ahí estaba.
Una mina tirada en la cama de Ivo, con su tatuaje asomando por el cuello, y su risa de fondo.
Como si todo lo que me dijo alguna vez no hubiera valido nada.
No dije nada. No reaccioné. Solo agarré mis cosas y salí del aula como si nada. Pero por dentro... me estaba deshaciendo.
Subí al bondi con los auriculares puestos, aunque no estaba escuchando nada.
Miré por la ventana todo el camino, pensando una y otra vez lo mismo:
¿Cómo puede ser que siempre elija a los que menos saben quererme?
Me mordí el labio. No iba a llorar. No por él. No por nadie más.
Ya había llorado suficiente por Tomás.
Cuando llegué a casa, no había nadie. Ni Lucas ni Enzo.
Perfecto.
Cerré la puerta de mi cuarto, me tiré en la cama y abrí el chat de Ivo.
Escribí: "Sos un forro, te odio". Lo borré.
Escribí: "¿Quién es esa mina?". Lo borré también.
Al final solo mandé lo que realmente quería decirle:
> "Ya está. No me expliques nada. No sos distinto. Sos peor."
Apagué el celu y me quedé mirando el techo.
Lo peor no era que me haya engañado.
Lo peor era que... ni siquiera dolía tanto como antes.
Como si ya me hubiera acostumbrado a que me lastimen.
Y entonces, como un puto reflejo automático, pensé en él.
Tomás.
El que me enseñó a amar con miedo.
El que me prometió nada y aún así me dejó esperando todo.
> "Yo te avisé que te iba a romper."
Me lo dijo la última vez que lo vi. Como si me estuviera deseando suerte.
Y ahora acá estoy.
Otra vez hecha mierda. Otra vez sola. Otra vez con él en la cabeza.
No sé en qué momento agarré las llaves y salí a la calle. Solo sé que necesitaba caminar. Respirar. Alejarme.
No tenía rumbo. Solo quería que el aire me saque este nudo del pecho.
Y fue ahí.
En la esquina de siempre.
Apoyado en la moto como si el tiempo no hubiera pasado.
Gorro bajo. Campera negra. Fumando. Tranquilo. Como si nunca se hubiera ido.
Y esos ojos.
Tomás.
Me miró fijo. Como si nada.
Como si no me hubiese roto.
-Qué linda estás... para alguien que no me quería ver nunca más -me dijo, con esa sonrisa de mierda que todavía me puede.
Y yo me quedé ahí. Quietita. Sin saber si putearlo o abrazarlo.
Sin saber si correr o quedarme.
Solo supe una cosa:
Volvió.
Y con él... todo eso que me prometí no volver a sentir.
---
nuevoooiiii
