Entonces nació el niño, y lo llamaron como quisieron, como si un nombre bastara para contener un alma. Le pusieron algo que sonara bien para ellos. que encajara en los labios de los otros, algo que los hiciera sentirse cómodos al pronunciarlo. Y así creció, respondiendo a un llamado que no le pertenecía del todo, caminando con una sombra ajena pegada a los pies, repitiendo un nombre que no vibraba con su verdad, solo con las expectativas de otros.
Fui un niño tierno, confundido, sintiendo que el mundo me quedaba flojo o demasiado apretado, pero nunca a la medida. Escuchaba ese nombre y a veces no me giraba. No por rebeldía, sino porque algo dentro de mí no se reconocía. Era como si me llamaran con una palabra prestada, como si el amor, el dolor, la ternura que llevaba dentro, no estaba en esa combinación de letras.
Y pasaron años. El tiempo, que nunca se detiene, me enseñó cosas que no se aprenden con libros ni consejos. Me enseñó que uno no es lo que le dicen, sino lo que arde adentro. Que hay nombres que pueden encadenarme y otros que podrían liberarme. uno puede renacer sin necesidad de morir. A veces, para ser, hay que poner un stop.
Entonces un día, sin testigos, me miré al espejo con la intensidad con la que se mira el mar en calma antes de lanzarse, y me dije por primera vez con verdad.
"quiero ser Yohan"
No porque sonara bonito, ni porque lo haya leído en alguna parte, sino porque al pronunciarlo, algo dentro de mi se acomodó. Como si por fin me llamara como mi corazón susurraba en secreto, desde siempre. Como si mi historia, con todas sus grietas, con sus silencios largos y sus esperas infinitas, se reconociera ahí.
Yohan no es solo un nombre que escogí para mi, Es una decisión.
Es el momento en que deje de fingir que me bastaba con lo que me habían dicho que era.
Yohan es el que camina con el corazón expuesto, aunque tiemble.
El que siente tanto que a veces se rompe, y aun así recoge cada pedazo con paciencia.
El que escribe porque hablar no siempre alcanza, porque las palabras escritas no se olvidan tan fácil.
Mi nombre, Yohan. se construyó con todo lo que un día quise esconder.
Con las veces que me llamaron sin mirarme a los ojos.
Con los silencios que dolieron más que los gritos.
Con las ganas de pertenecer y el miedo constante de no ser suficiente.
Pero también con los sueños que nunca dejé morir, con las palabras que escribí cuando nadie escuchaba, con esa parte mía que siempre supo que merecía más.
Yohan es quien sobrevivió al olvido, a la indiferencia, a la frialdad de un mundo que no entiende la ternura cuando es profunda.
Es quien convirtió el abandono en arte, el dolor en ternura, la espera en poesía.
No porque no haya sufrido, sino porque decidí que mi sufrimiento no sería mi final.
Yohan es ese niño que se abrazó solo tantas veces que aprendió a hacerlo con fuerza.
Ese niño que se cansó de no sentirse en casa ni en su propio cuerpo, ni en su reflejo, ni en los pronombres rotos que lanzaban.
Ese niño que un día se sentó frente a un cuaderno y escribió todo lo que sentía. sin miedo. Sin tener que explicar. Sin tener que encajar donde nunca fue bienvenido.
Yohan no es solo un nombre nuevo para mí.
Es la promesa de no volverme a soltar.
De sostenerme, incluso en los días donde cuesta respirar.
De seguir escribiendo, sintiendo, soñando.
De no traicionarme nunca más por complacer a nadie.
Yohan es quien llegó tarde, pero llegó para quedarse. Y aunque este año comencé a llamarme legalmente Yohan.
El mundo aún no lo entiende, no importa.
Porque yo puedo entenderlo.
Y eso basta.
