p r ó l o g o

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Las noches en Edimburgo eran largas y la lluvia parecía no tener fin.

El aire olía a café tostado, como si toda la ciudad quisiera mantenerse despierta. Al final de la calle empedrada, el aire se colaba por la nueva casa de los hermanos Lee, aún con la chimenea dando calor, el aire fresco y el olor a café parecía sacudir los hombros del menor.

A Felix no le gustaba el café.

Pero ahí estaba, parado junto a la ventana empañada, observando cómo las gotas se deslizaban lentamente por el cristal. Sus dedos estaban fríos, pero no se movía. Sólo observaba. Sólo existía.

Había llegado huyendo. Huyendo de sí mismo, de la forma más vil en que uno puede hacerlo: dejando todo atrás.

En Australia, las noches eran calurosas, con ese calor pegajoso que se aferra a la piel y se mete en los huesos. Dormir era una batalla contra el bochorno. Las ventanas siempre abiertas. Las sábanas siempre en el suelo.

Pero en Edimburgo el frío era distinto. Más íntimo. Más silencioso. El otoño no solo se sentía en las hojas secas bajo los zapatos, sino en los huesos, en la garganta, en el corazón.

edinburgh | hyunlix Stories to obsess over. Discover now