09 de Junio

2 0 0
                                        


**09 de junio de 2016**

El día comenzó de forma ordinaria; recuerdo que, a pesar de estar en las últimas semanas de otoño, ese día hizo bastante calor.

Me levanté con el mismo ánimo de siempre, y hasta ese momento no había nada inusual en mi vida. ¿Quién iba a imaginar que en los días siguientes enfrentaría el dolor más profundo que he experimentado como persona, hija y mujer?

Recuerdo que después de levantarme tomé algo de desayuno y ordené un poco la casa antes de ir a visitarte. Era parte de mi rutina, y el día anterior, tras una discusión con mi hermana, no lo había hecho. Tú vivías con ella, y ya no podía soportar sus quejas ni un día más.

Recuerdo todo de ese día; me pareció que estabas bien, o al menos eso era lo que querías proyectar. Como madre, siempre escondías tus emociones para no preocuparnos.

Te fui a ver, conversamos un poco, todo parecía normal. No había nada que me hiciera sospechar que ya no querías vivir. Puedo haber sido ciega y egoísta, incapaz de ver más allá de mis propias preocupaciones, pero tú siempre cuidaste de que todo pareciera normal. No nos diste señales de que tu cuerpo ya no podía más; ocultaste tu dolor para no preocuparnos, y, aunque tu enfermedad avanzaba rápidamente, tú siempre mantenías la mirada en alto, escondiendo lo que sentías.

Ay, mamá, ¿por qué no nos lo dijiste?

Suena horrible, pero era nuestro deber darnos cuenta de que te sentías mal; era mi deber saber que ya no soportabas más el dolor… debimos haberlo visto. Me pregunto cómo ninguno de tus hijos se dio cuenta.

¿Tan malos hijos fuimos para no percibirlo?

Sí.

Viejita, cuánto amor nos diste, porque nunca te pusiste a ti misma como prioridad, aunque nosotros nunca te incluyéramos en las nuestra.

Este sentimiento me consume. No busco tu perdón, no lo merezco; solo quiero que… ¡ay! me pesa mucho el arrepentimiento, pero ya no sirve de nada. Debí haber hecho algo mientras te tenía.

A veces me pregunto si en ese día sabías o imaginabas lo que estaba a punto de sucederte. Sabías que, a partir de ese día, mis junios ya no serían los mismos. Si te tuviera frente a mí, te lo preguntaría.

Te vi reír ese día, te abracé como si no hubiera un mañana, te dije que te amaba, como cada día, y hablamos de mi bebé, que estaba en mi panza. Me regañaste por haber subido de peso, y yo solo rodé los ojos, pues ya había comenzado mi tortura diaria.

Fue un día normal.

En ese momento, jamás imaginé que sería la última vez que te vería consciente, riendo y siendo mi madre. Nunca se me habría pasado por la cabeza que ya no estarías.

Recuerdo tus palabras tal como me las dijiste, están grabadas en mi piel como un tatuaje permanente.

“Cuídate, cuida a Martyna, no la retes y pórtate bien, valora a la persona que tienes a tu lado porque no te dejará sola... Te amo, hija”.

Palabras que duelen, que queman y desgastan cada célula de mi ser con ese recuerdo tan hermoso y doloroso. Fue tu despedida, tu forma de decirme que ya no estarías aquí. Nuevamente, te pregunto:

¿Ese día sabías que nos ibas a dejar?

*09 de julio de 2016*

Fue el último día que te vi consciente, un día en el que no comprendí del todo tus palabras. Para mí, fue una despedida normal entre madre e hija, pero tú… tú te preparabas para partir... Tu sabias que nos ibas a dejar.

Y me duele no haberlo visto.

Todos mis JunioOpowieści tętniące życiem. Odkryj je teraz