No necesitaba verlo para sentirlo. El deseo flotaba en el aire como una nota sostenida, inevitable. Lo percibía en la vibración de su alma. En el instante en que rozó su piel, lo supo: había cruzado un límite que ningún ángel debía cruzar.
Y lo que provocó en aquel humano... no podía permitirse que volviera a pasar.
Abaddona fue llamada ante la Presencia.
El cielo estaba en silencio cuando la encontraron. Se había ocultado entre las nubes bajas, las más cálidas, donde a veces el murmullo de los humanos aún se colaba como un eco. Allí, donde se aferraba a lo que creía suyo: la experiencia de sentir.
—¿Qué has hecho? —preguntó Dios, con una voz que no acusaba, pero dolía más que un grito.
—Nada, Señor —respondió ella, mirando al suelo celeste que brillaba bajo sus pies.
—No, Abaddona. Mira lo que has provocado. Ese humano... va vagando sin sentido. Has tocado su alma. Con un solo roce.
—No fue mi intención —murmuró—. Solo quería sentir el contacto con su piel. Soy curiosa, Señor. Solo eso.
—Sabes bien que no fue solo eso. Le despertaste sentimientos. Y tú sabes —todos aquí lo sabemos— que los humanos no deben provocar en nosotros otra cosa que compasión y protección. No amor. No anhelo. Si lo hacemos... estamos intentando poseer lo que no nos pertenece.
—Lo sé... pero con él, no lo pude evitar.
—No lo esperaba de ti, mi amada ángel. Me duele. Me decepciona. Y no puede quedar impune. Debes ser llevada a juicio.
—¡No, mi Señor! No podría alejarme de estas tierras cálidas. Este es mi hogar...
—Y por eso tendrás que aprender a valorarlo.
Las trompetas sonaron al amanecer. El cielo se rasgó con su llamado, reuniendo a la Corte Celestial. Ángeles de todas las esferas descendieron. Algunos traían libros dorados, otros lanzas de juicio. Solo los más antiguos, los que no tienen nombre humano, podían tomar decisiones.
Dios se alzó entre ellos, y su voz hizo temblar el firmamento:
—Los he llamado para decidir el destino de Abaddona. Por siglos ha vivido entre nosotros. Pero ha cometido una falta grave: se ha enamorado de un humano. Y no solo eso, ha provocado en él un desorden del alma. Desde el día en que ella lo tocó, él vaga por la tierra como si una parte de sí hubiera sido arrancada. No come. No duerme. No encuentra sentido a su existencia.
Gabriel, el más severo entre ellos, habló sin vacilar:
—No puede seguir aquí. Si no se le castiga con firmeza, otros podrían imitarla. Y si eso ocurre... el cielo y la tierra comenzarán a mezclarse de forma peligrosa. Mándala a la tierra. Borra su memoria. Que lo olvide todo.
Hubo un murmullo de aprobación. Pero Dios levantó una mano.
—Silencio. Quiero escuchar a Sariel, el más sensato de mis ángeles. ¿Qué opinas?
El ángel Sariel dio un paso al frente, su voz serena, templada como el viento antes de la tormenta.
—Señor, concuerdo con Gabriel en que debe haber una consecuencia. Pero si simplemente la enviamos a la tierra sin más... ¿qué será del humano? Él seguirá perdido, tal vez llegue al límite de su existencia. Las cifras son claras: cada vez llegan más a nuestro umbral rotos, sin haber vivido realmente.
—¿Qué propones, entonces? —preguntó Dios.
—Que Abaddona baje a la tierra, con su forma actual, pero sin sus alas. Sin sus poderes. Como una semiángel. Que conserve la memoria de lo ocurrido, pero esté silenciada cuando esté con él. Que no pueda decirle lo que es, ni por qué está allí. Su misión será enseñarle a vivir de nuevo. A amar la vida. Y si no lo logra en un año, si fracasa... entonces se convertirá en humana. Olvidará todo. Vivirá con un hueco en el alma. No volverá a ser Abaddona.
—¿Y si cumple con la misión? —preguntó Gabriel, aún escéptico.
—Entonces regresará. Con sus alas restauradas. Pero con una comprensión más profunda de aquello que tanto anhela. Y su historia se convertirá en advertencia y esperanza para los demás.
El cielo quedó en silencio. Incluso las estrellas parecían contener su luz.
Finalmente, Dios habló:
—Así será. Abaddona, partirás esta misma noche. Tendrás un año. No podrás decirle nada sobre quién eres. Él será el único humano que podrá verte como eres... pero creerá que eres una más. Solo si logras que ame la vida de nuevo, podrás regresar. Si no, vivirás entre ellos como humana, sin memoria, con el corazón lleno de nostalgia.
Las trompetas sonaron de nuevo, más graves. El cielo se oscureció, como si llorara.
Abaddona, entre nubes, lloró también. No por miedo, sino por la certeza de que amar, incluso solo por un instante, tiene un precio.
Un rayo partió el cielo.
Y Abaddona cayó.
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Un año para amar
RomanceDesterrada del cielo por sentir lo prohibido, Abaddona ha caído. Ahora habita un cuerpo humano, arrastra unas alas rotas y una única misión: enseñar a un hombre a vivir... o perderse para siempre. Pero ¿cómo enseñar el amor cuando aún se sangra por...
