Ocaso

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Había ruido alrededor. No del tipo estruendoso, que alertaba de tragedias, sino del sutil, ese que profesaba finales inclementes y solitarios.

No concebía en qué momento se había quedado dormido ni reconocía cuánto llevaba en la bruma de la inconsciencia; probablemente un par de horas, teniendo en cuenta que había llegado allí muy entrada la madrugada. El cielo era oscuro entonces, luciendo un manto de estrellas dispersas por todas partes. Ahora parecía que un nuevo día empezaba, las nubes migraban en el horizonte y el sol, rojo naciente, se asomaba tras las montañas.

Acababa de escapar de una emboscada de cazadores, separado de su manada. Recordaba haber regresado de una corrida de amigos y, un minuto más tarde, ser atacado por la espalda con un garrote. Había ocurrido muy rápido, sin tiempo de procesar, combatir ni proteger. Su tierra moría mientras ardía en llamas. Los gritos de los demás pidiendo ayuda, también suplicándole que se salvara... sus padres, sus hermanos y sus primos. Sus amigos. Toda su sangre.

Intentó incorporarse, pero sus extremidades pesaban como plomo, recordaba haberse arrastrado por el suelo hasta apoyarse en el árbol que en ese momento era su soporte. Claro, pensó, eso había ocurrido; estaba exhausto y había decidido parar para descansar, lamentar la pérdida de sus seres queridos, y se había desmayado.

Una rama crujió y oyó las hojas secas siendo pisoteadas y arrastradas. Se había transformado en lobo para abrigarse del frío y sanar más rápido sus heridas, así que, quien fuera, se llevaría un susto y se acobardaría con tan solo verlo. Todavía estaba débil como para levantarse, por lo que se valió de sus fauces, enseñando los colmillos y gruñendo hacia el extraño que se acercaba. Sacudió las orejas. Él era Lu Sanka y era un guerrero. Se lo habían inculcado desde pequeño.

Solo hasta que la forma borrosa de un cuerpo estuvo frente a sus ojos, se dio cuenta de que no veía bien. Al parecer seguía agotado.

Lanzó dentadas desenfrenadas.

Woah, tranquilo, tranquilo.

Era un hombre, su voz era suave, baja y débil. Si agudizaba el oído escuchaba su corazón acelerado, lo que le indicaba que estaba atemorizado. Sanka también estaba asustado, sin embargo no lo podía dejar entrever. Ya había metido la pata al arriesgarse quedándose dormido, había sido pura suerte que no lo hubieran asesinado mientras hacía la siesta.

—Tranquilo —repitió el hombre. Tenía las manos en alto y llevaba sobre los hombros una capa que no le permitía examinar su cuerpo a detalle, pero parecía ser de baja estatura—. No te haré daño. Lo juro.

Sanka gruñó y enseñó los dientes hacia la voz. Todo lo que salía de la boca de los humanos era mentira. No eran de fiar, eran malos, peligrosos y destructores por naturaleza. Olfateó el aire y gimió al percibir los olores. Sangre mezclada con tierra y sudor. El sujeto no hacía nada, permaneciendo quieto en la misma posición. El lobo parpadeó con desconfianza, intentando en vano deshacerse de la bruma en sus ojos. Si continuaba ciego no podría pelear. Tenía que matarlo cuanto antes.

Ufff —jadeó el tipo y se rio por lo bajo, como si de repente se hubiera vuelto loco—. Es una cría de lobo.

Volvió a reír débil mientras se dejaba caer de rodillas frente al gran lobo, estudiándolo a profundidad. Sanka dejó de gruñir para ladear la cabeza.

—Se dicen todo tipo de historias, ¿sabes? —continuó hablando, poniéndose demasiado cómodo, como si no temiera ser derribado de un zarpazo—. Seres nacidos de la luna y las criaturas del bosque, un pacto con un monje para la protección de un grupo de aldeas. Todo iba bien hasta que mi raza se volvió loca y trastornaron a la suya. No debo seguir, ¿verdad?

[OC] OcasoHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora