Tizi

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Estaba agachado hacía media hora. Ya podía sentir el olor a pólvora de los barriles que me rodeaban. El hombre anunció el último llamado mientras la gente corría apurada para llegar a la embarcación. Empecé a alterarme, podía sentir mi corazón latiendo cada vez más fuerte. Debía tener cuidado. Mi papá se encontraba en la popa, observando todo como si cazara a un animal. Lidia me miró desde el otro lado del barco, justo donde la madera ya se estaba poniendo verde y al lado de todas las botellas de ron y comida podrida.

Apenas arrancó el barco con lentitud, Lidia lanzó la soga sin discreción alguna. Salí corriendo, tratando de ocultarme y ser discreto. Salté. Ya era tarde para pensar. Mis manos se pusieron calientes por las quemaduras de la soga. Logré subir entre gemidos, golpeando mi cuerpo con la madera mientras Lidia me tendía la mano para que logre subir, una vez arriba nos miramos mientras recuperaba el aliento.

—¿Estás bien? —me dijo sin dejar de mirarme.
—¡Nos vamos para Unsia!—le dije, sonriendo de oreja a oreja mientras estrechábamos nuestras manos y ella me devolvía la sonrisa.

Lidia no era el tipo de chica estereotípica. Su pelo rubio siempre permanecía atado con dos trenzas mugrientas, y sus pantalones para disfrazarse de chico, no sabía exactamente de qué color eran porque siempre estaban marrones por la tierra. Permanecimos junto a los ratones y la mugre mientras el sol bajaba, me enorgullecí al darme cuenta que era un lugar del barco que nadie iba, estoy seguro de que aquí estaremos bien, solo hay que ser discretos.

Me senté en el borde y relajé mi cuerpo. Solté un suspiro de satisfacción y después deje entrar todo el aire que mas pude llenando mis pulmones.

—¿Y ahora qué haremos? —Lidia se sentó a mi lado bruscamente.
—Pues... no lo sé —dije mientras miraba el cielo que se había tornado de un negro intenso marcado con puntos blancos_ Deberíamos dejar que el viento nos diga.
—Definitivamente no tienes ni idea —me miró sonriente.
—Pfff, obvio no.

Por unos segundos un silencio adormecedor invadió la noche hasta que de repente Lidia se arrodilló bruscamente y me tapó la boca con su mano sucia. Sus trenzas golpearon mi pecho cuando giró rápidamente la cabeza hacia atrás.

—Hay que escondernos —dijo con seriedad.

Asentí con la cabeza y al instante estábamos entre los barriles de nuevo. Ella tenía miedo, lo podía ver. Yo era el hijo del rey y, si me atrapaban, solo me dirían que me comporte como tal. Pero el castigo para ella era mucho más grande.

La noche cayó rápidamente. Le dije a Lidia que descanse y que yo vigilaría. Así fue. Desde el medio del mar, las estrellas se veían mucho más brillantes. Si mi padre no me hubiese obligado a estudiar cartografía, probablemente me pasaría el día viendo el cielo.

Escuché unas pisadas firmes acercándose a nosotros y mi cuerpo se tenso instantáneamente. Era un hombre robusto con botas grandes. Aguanté la respiración por un segundo. Solo había venido a orinar. Cuando se fue, relajé mi cuerpo de nuevo. Llamé a Lidia para que despertara. No estábamos demasiado ocultos. Era hora de cambiar de lugar.

De repente, sentí una mano pesada y fuerte sobre mi hombro.

—¿Qué mierda haces aquí?

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