Capítulo 1

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Doncellas de Guerra en Tiempos de Plaga

Nadie recordaba exactamente cuándo comenzó la plaga. Algunos decían que surgió de un puerto francés en llamas; otros, que fue castigo divino por la arrogancia de la humanidad. Pero para los habitantes de Inglaterra, no importaba su origen. Lo único cierto era que los muertos caminaban, y que el mundo, como se conocía antes, se había terminado.

Los vivos habían aprendido a convivir con el peligro: las iglesias se fortificaron, las fiestas se celebraban con armas ocultas bajo el encaje, y los matrimonios se consideraban más valiosos si los pretendientes sabían empuñar una espada. Las reglas sociales seguían existiendo… pero ahora eran dictadas tanto por el decoro como por la supervivencia.

En la campiña inglesa, a las afueras de Londres, existía una finca conocida como Shiganshina Hall. Allí vivía la familia Azumabito: un apellido con sangre de soldados y reputación de fieras. Lord Grisha Azumabito, antiguo comandante del frente occidental, y su esposa Lady Dianne, pasaban sus días entre rituales, protocolos de defensa y, en el caso de la señora, preocupaciones constantes por casar a sus cinco hijas antes de que alguna fuera devorada por los muertos.

Mikasa, la segunda hija, se destacaba entre todas. Había sido enviada a China a la edad de doce años para formarse en la escuela de artes marciales del Wu Dang. Regresó cinco años después, con una cicatriz bajo el ojo Izquierdo, un temple que no admitía frivolidades y una daga curva siempre al alcance de la mano. No hablaba mucho. Observaba más de lo que permitía, y cuando sonreía —rara vez— era porque ya había leído por completo a quien tenía delante.

Sus hermanas eran un retrato más variado: Hange, la mayor, dulce y refinada, aún recordaba los tiempos antes de la plaga y creía en los buenos modales como arma diplomática. Sasha, la tercera, era tímida, soñadora, y más hábil con la poesía que con la pólvora. Annie, en cambio, tenía el temperamento de un halcón hambriento y era la primera en empuñar un cuchillo si alguien miraba torcido a sus hermanas. La más joven, Historia, aún no había cumplido los diecisiete, pero ya había matado a su primer No Fallecido con una lanza improvisada.

Esa mañana, mientras Mikasa limpiaba su hoja ceremonial en el patio de entrenamiento, la paz fue rota por los gritos emocionados de Lady Dianne.

—¡Niñas! ¡Niñas! ¡Por amor a Dios, bajen ya! ¡Netherfield Park ha sido alquilado!

Las hermanas se miraron entre sí, algunas alzando una ceja, otras apenas disimulando la risa.

—¿Y eso es importante porque…? —preguntó Mikasa sin detener su tarea.

—¡Porque lo ha alquilado un coronel! —anunció su madre, entrando en la sala como un vendaval—. Coronel Erwin. Rico, joven, sin esposa. ¡Y vendrá al baile de Meryton este sábado!

—¿Un soldado? ¿O un héroe de salón? —comentó Annie con escepticismo.

—¡Un héroe de verdad! Sirvió en la línea del sur, mató más de veinte zombis con sus propias manos —respondió Lady Dianne con pasión teatral—. ¡Y dicen que viene acompañado de un capitán! ¡Un tal… Levi Ackerman!

Mikasa alzó la vista, su expresión por un momento congelada.

—¿Ackerman?

—Sí, ¿no es curioso? Quizá sean parientes lejanos. ¡Qué coincidencia!

Mikasa no respondió. Las coincidencias, en su experiencia, eran armas mal disfrazadas.

—Deberían prepararse. El baile será nuestra oportunidad. ¡Hange, tú debes bailar con el coronel! ¡Y tú, Mikasa, podrías impresionar al capitán! Dicen que no es de conversar, pero un Ackerman debe reconocer a otro.

Corazones de Acero y Carne Muerta Bağımlısı olacağınız hikayeler. Şimdi keşfedin