Juanjo conocía a Mikel desde que tenía cinco años. Inquieto como era, el pequeño 'recardelino', así apodado por su abuela, había tropezado con el cuadro que Mikel estaba haciendo en su clase de arte de primero de primaria, algo tan abstracto que nadie habría podido deducir de qué se trataba ni siquiera antes de que Juanjo acabara sobre él. Sin embargo, el pequeño Mikel había creído que el mundo se derrumbaba al ver su obra maestra destrozada, y Juanjo se sintió tan mal que intentó tranquilizarlo invitándole a seguir pintando junto a él. Desde ese instante, el niño de cabello dorado y rizado, una imagen digna de "El Principito", se convirtió en su compañero inseparable, que ni el paso de los años ni la madurez adquirida consiguieron separar de él. Daba igual cuánto pudieran distanciarse sus gustos y aficiones, porque encontrarían fascinante ponerlas en común o hablarse de ellas sin parar, buscar cosas que los llenaran a ambos o simplemente disfrutar de conocerse una y otra vez a medida que crecían mano a mano.
Tenía, especialmente, buenos recuerdos de los días que pasaba en la casa de Mikel. Sus padres eran dos personas encantadoras que siempre lo habían acogido como a un hijo más. Le encantaba pasar tiempo con su madre, Ana, porque le enseñaba a cocinar cosas nuevas de las que luego presumía en su hogar, dejando a su propia progenitora encantada de ver cómo se desenvolvía con tanta soltura. Mikel siempre se quejaba de lo aburrido que era cuando pasaba horas de su tarde entre fogones, y la mitad del tiempo se dedicaba a jugar con la consola en el salón contiguo, esperando que su amigo se desocupara para volver a tener su completa atención. No les molestaba, en realidad, porque eran tan cercanos que habían aprendido a convivir sin estar pegados en todo momento, algo bastante maduro para dos niños de su edad; de hecho, eso había consolidado las fuertes bases de su relación para que los años no les hicieran romper su vínculo. Eran como dos hermanos, conscientes de que estarían ahí para el otro siempre que lo necesitaran, pero respetando su propio espacio para crecer y desenvolverse individualmente, sin poner trabas en sus caminos.
Pero Mikel tenía un verdadero hermano biológico con el que también, de cierto modo, había convivido. Martin era como una constante en cada recuerdo que conservaba de la casa de su amigo, una especie de sombra que no podía recordar con excesiva claridad, pero que siempre estaba presente. No habían interactuado demasiado, más allá de alguna partida de Mario Kart a la que se había unido, así que no podía hacerse una opinión demasiado firme, más allá de que parecía un niño muy dulce y sensible. Juanjo siempre tenía en su cabeza la imagen de un pequeño con cabello desordenado propio de un erizo, la sonrisa adorable de un diminuto ratón y los ojos grandes y curiosos de un cervatillo. Callado, reservado, pero con una amabilidad que se percibía sin necesidad de comunicación verbal. De hecho, Martin se encontraba en cada una de sus memorias en la cocina de Mikel, porque le gustaba observar a su madre cocinar y, de paso, se acercaba al amigo de su hermano mayor; porque, como cualquier otro, Martin admiraba a Mikel y aspiraba a ser como él, buscando también ganarse el favor de sus amistades. Aun así, Juanjo recordaba a un chico muy nervioso que huía con las mejillas rojas cuando le hablaba directamente, avergonzado por verse descubierto en su discreto intento de observarlo meticulosamente. Sabía que los años le habían hecho crecer, pero habían compartido tan poco espacio desde entonces que aquellas imágenes predominaban en su mente cada vez que el nombre de Martin aparecía en ella.
Ciertamente, la adolescencia había hecho que los caminos de ambos hermanos se separaran notablemente, a pesar de que mantenían una relación fraternal envidiable. Quizá, por ello, Juanjo no era capaz de visualizar correctamente al Martin de dieciocho años, demasiado desaparecido de su mundo como para entender en qué momento había pasado a ser, técnicamente, un adulto. Es decir, claro que lo había visto en diversas ocasiones entre los pasillos o incluso en alguna cena casual en la cocina cuando se quedaba a dormir, pero ya no pasaban tanto tiempo en casa de Mikel porque la libertad de la adolescencia les hacía preferir otros lugares en los que disfrutar su compañía. Además, Martin también hacía su propia vida social, por lo que sus caminos coincidían más bien poco desde que habían dejado de ser pequeños. En su distorsionado cerebro, seguía siendo un adorable niño al que le sacaba dos años y que le dedicaba miradas dulces desde lejos, haciéndolo sentirse aún más bienvenido en aquella casa.
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ONESHOTS || M&J
FanfictionRelatos de dos chicos enamorados en cada vida y universo.
