Namjoon colocaba cuidadosamente la taza de café frente a un cliente mientras Yoongi, su pequeño cachorro de apenas un año, dormía plácidamente en su cochecito a un lado del mostrador. La cafetería “Miel y Canela” era su refugio y su medio para salir adelante.
—¿Otra ronda, Jimin? —preguntó sin apartar la mirada de la agenda que tenía que revisar mientras atendía.
—Claro, Joon. Tienes que descansar un poco, no puedes con todo —le respondió su mejor amigo y compañero de trabajo, acomodando unos croissants en la vitrina.
Namjoon suspiró. La verdad era que no tenía a nadie más que a Jimin, y a Yoongi, para enfrentar la rutina que se había vuelto casi imposible desde que el alfa con quien esperaba formar una familia los había dejado solos justo después del nacimiento.
—No importa, Jimin. Yo puedo con esto. No voy a rendirme —dijo con voz firme, aunque sus ojos mostraban cansancio.
La puerta de la cafetería se abrió con un tintineo, y Namjoon levantó la vista para ver entrar a un hombre alto, impecablemente vestido, con un aire seguro que llenó el local.
—Buenas tardes —saludó el hombre, acercándose al mostrador—. Me dijeron que aquí hacen el mejor café de la ciudad. Soy Jin.
Namjoon le sonrió, sintiendo algo extraño en su pecho.
—Namjoon —respondió, con voz suave—. Bienvenido a “Miel y Canela”.
Jin se detuvo y sus ojos se posaron sin querer en el pequeño Yoongi, que ya empezaba a despertar y a mover sus manitas.
—¿Es tu hijo? —preguntó con delicadeza.
Namjoon asintió, un poco a la defensiva.
—Sí, es mi hijo.
Jin sonrió con calidez.
—Debe ser un niño muy afortunado de tener un papá como tú.
Namjoon parpadeó, sorprendido por la sinceridad en la voz de Jin.
—Gracias —respondió tímidamente.
Jimin se acercó con una bandeja, interrumpiendo el momento.
—Te voy a preparar un café, Jin. Y Joon, tú también tienes que descansar un poco.
Namjoon asintió y, por primera vez en mucho tiempo, sintió que alguien veía más allá de su cansancio y sus responsabilidades. Quizás, solo quizás, ese alfa podría ser diferente.
