Durante la tarde me encontraba en el Herbolarium, mi santuario, donde paso la mayor parte de mis días, el único lugar donde el mundo parece guardar silencio para escuchar. La estructura de la gran cúpula de cristal se extiende hacia abajo hasta fundirse de forma natural en un ventanal curvado que abraza todo un lado de la sala, dejando ver los jardines del palacio como si fueran parte del interior mismo. La luz entra con suavidad, reflejándose en hojas, frascos y libros abiertos, danzando entre el vapor de aromas dulces y amargos de las infusiones que hierven en los alambiques.
A lo largo de las paredes se alzan estanterías de madera antigua, cubiertas de hierbas colgantes, flores preservadas, raíces trenzadas y plantas vivas que crecen bajo encantamientos suaves. En frascos especiales conservo todo tipo de variedades de plantas, desde las más comunes hasta aquellas imposibles de encontrar más allá de este lugar: hay plantas que brillan al contacto con la magia y otras que susurran cuando las rozas. En una sección más resguardada se alinean libros antiguos, cuadernos de campo, tratados de botánica arcana, alquimia y especies aún por descubrir.
Mi mesa de trabajo ocupa el centro, amplia y marcada por los años. Sobre ella reposan cristales de infusión, cuchillas de hueso, recipientes de piedra y casi siempre algún preparado en un caldero mediano a medio componer. Aquí estudio las plantas, las observo, las entiendo; mezclo, pruebo, fallo, escribo y aprendo. Comienzan como ingredientes, pero a veces se transforman en curas, otras en revelaciones. Este lugar no es un simple laboratorio: es una extensión viva de mi voluntad, un reflejo de mi vínculo con la naturaleza mágica. Es sagrado para mí. Y aunque muchos desearían entrar, prefiero estar aquí solo, en la compañía callada de las hojas y la magia.
Mientras preparaba una infusión, escuché unos golpes suaves en la puerta. Observe y con voz calmada, pedí que pasaran.
La puerta se abrió lentamente y vi a Lestrade.
-Watson, necesito que dejes lo que estás haciendo y vengas al salón principal -ordeno con seriedad.
-¿Ha ocurrido algo? -pregunté, confundido.
No respondió con palabras. Se limitó a asentir. Su expresión era más grave de lo habitual, así que no dudé en seguirlo.
Al llegar al salón, lo vi: un hombre alto de postura erguida, de pie justo en el centro de la habitación. No podía verle el rostro por completo; solo la parte inferior, en penumbra. Permanecía inmóvil, sereno.
Vestía una túnica blanca, adornada con bordados plateados que parecían moverse con la luz, como si tuvieran vida propia. Sus manos, enguantadas del mismo tono, descansaban cruzadas frente a él.
Me senté junto a los otros dos hechiceros y fue Eryndor quien rompió el silencio.
-Por favor, repite lo que nos comentaste hace un momento, ahora que los tres hechiceros de la corte estamos presentes. Tu nombre, de dónde vienes... y por qué estás aquí -pidió con cortesía, pero con firmeza.
El hombre inclinó ligeramente la cabeza. Su voz era clara, segura.
-Mi nombre es Sherlock Holmes. Soy un hechicero de las sendas, lo que significa que domino varias ramas de la magia blanca con maestría.
Hizo una breve pausa, como si midiera sus palabras.
-Vengo de una realidad paralela a la suya. Una donde la magia se desarrolló de forma distinta... más veloz, menos rígida.
La corte guardó silencio. Me sorprendió escuchar que no era de nuestro mundo, jamás pensé que algo así pudiera suceder. Lestrade entrelazó los dedos con recelo y Eryndor observaba con los ojos entrecerrados, calculando.
-Vine porque he visto señales que ya ocurrieron en mi mundo... señales que, si no se reconocen a tiempo, desencadenan el desequilibrio. Mi propósito es compartirles lo que en mi mundo aprendimos demasiado tarde. Conocimientos que no existen aún en sus registros, pero que pueden prepararlos para desbalances que aún no han sentido.
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FantasíaUn Enemies to Lovers, sobre un hechicero y un brujo, que atrapara tu corazon. 《Historia en proceso de edicion profesional》
