Entre tubos de ensayo, secretos malditos y corazones que laten sin permiso.
Abadía de Montserrat. Medianoche.
La luna mordía los vitrales de la vieja abadía, proyectando sombras afiladas sobre el mármol sucio. El laboratorio oculto bajo el altar ardía en silencio. Entre tubos de ensayo, manuscritos en latín y vapores de sangre destilada... algo estaba a punto de cambiar para siempre.
Pedri ajustaba la llama azul del mechero Bunsen. Su bata blanca ondeaba como alas de cuervo. Tenía los ojos rojos, encendidos no por el hambre... sino por la culpa. Acababa de descubrir una fórmula: un suero capaz de devolver el alma a los inmortales.
-Esto podría salvarnos... o destruirnos a todos -susurró, sin dejar de mirar la probeta humeante.
Ferran, apoyado contra el umbral con la daga aún manchada de licántropo, lo observaba en silencio. Sus colmillos no asomaban, pero sus celos sí.
-Estás jugando con cosas que no entiendes, Pepi -dijo con esa voz rasgada que solo usaba cuando no sabía si gritar o besar.
-Y tú sigues pensando que matar es la respuesta... Pero esto es ciencia. Esto... es esperanza.
-¿Esperanza? -Ferran se acercó, el olor a tierra mojada y lobo lo envolvía como una amenaza-. ¿Esperanza o locura disfrazada?
Antes de que Pedri pudiera responder, la puerta lateral se abrió con un golpe de viento. Lewandowski entró con sus ojos de siglos y su andar de emperador caído.
-La fórmula es real -afirmó sin emoción-. Pero necesita un catalizador: sangre de un corazón enamorado... y vivo.
Detrás de él, Gavi y Cubarsí lo seguían en silencio. Gavi cargaba un frasco con su propia sangre, recién extraída. Sus manos temblaban.
-Si esto te salva, Pedri... -dijo Gavi con la voz baja-. Que al menos sirva para algo puro.
Cubarsí, aún nuevo en su eternidad, murmuró:
-He visto monstruos que lloran por amor. Y otros que ríen al destruirlo.
Pedri miró a Ferran. La sala se volvió un abismo entre ellos.
-¿Y tú, Ferran? -preguntó Pedri, alzando la probeta-. ¿Qué harías por mí?
Ferran no respondió. Solo se acercó y hundió su puñal en la mesa, justo al lado de la fórmula.
-Moriría por ti. Pero no pienso perderte por un experimento.
Entonces lo besó. Y por un instante, la ciencia se rindió al instinto. El suero tembló en su tubo. Algo en el aire cambió. Las paredes del laboratorio crujieron. La sangre latía.
Y la noche -testigo de tantos pactos rotos- entendió que no hay ecuación que resuelva el misterio del amor cuando este nace entre colmillos, fuego y deseo.
FIN
