Cuando el peso del dolor se vuelve insoportable y el mundo comienza a desvanecerse en tonos grises, Jungkook, un joven atrapado en la oscuridad de su mente y la fría soledad de sus días, ya no encuentra razones para seguir adelante. Lo que no imagin...
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Jungkook, a la edad de 23 años, pensaba que la vida ya no tenía sentido. Su vida fue bonita hasta sus 5 años, cuando un día, sin previo indicio de que algo pasaba, su madre se fue con otro hombre, sin dejar más que una nota pidiendo que no la buscaran.
Su padre, Jeon Sungwoo, no pareció cambiar absolutamente nada con él. Seguía siendo aquel padre amoroso al que adoraba. Sin embargo... solía escucharlo llorar por las noches, tal como él también lo hacía a veces, extrañando a su madre.
Pero la cosa no termina ahí.
A la corta edad de 7 años, Jungkook comenzó a pensar que la vida se empecinaba en quitarle lo que más quería, cuando se enteró de que quedaría al cuidado del abogado de la familia. Su padre, un día de tormenta, jamás volvió. Lo único que le fue dicho era que había tenido un accidente de tránsito y había perdido la vida. El día del velatorio no le permitieron verlo, ya que el rostro del señor Jeon había quedado destruido, y no sería bueno mostrarle aquello a un pequeño.
Familiares lejanos y amigos vinieron ese día, sin embargo, no tardaron en desaparecer de la vida del pequeño tras descubrir que no obtendrían ningún beneficio. Incluso el abogado, aunque muy ocupado, nunca lo dejó del todo de lado, ya que era la mano derecha de su padre. Le visitaba una vez por semana, le mandaba sus comidas del día, y una señora venía a asear su casa también una vez por semana. Él administraba la gran herencia que le pertenecía exclusivamente al pequeño Jeon.
Jungkook tuvo que aprender a vivir en su soledad. Y una vez cumplió los 18, todo empeoró. El abogado hizo los debidos trámites y la herencia fue entregada. Pero Jungkook traía todo un peso en la espalda que no podía soltar con nadie.
En escuela básica comenzó a aislarse de a poco. Rendía bien, porque era lo único que podía hacer para no levantar sospechas de que era cruelmente lastimado por compañeritos que lo molestaron hasta sus 14 años, que fue cuando comenzó sus estudios medios.
Por un momento, Jungkook creyó que ya todo lo malo había acabado. Esas tardes donde llegaba con la nariz sangrando o con las rodillas raspadas a causa de sus compañeros, cesaron. Pero lo que le esperaba en su adolescencia no sería mucho mejor.
En la escuela fue nombrado por diversos apodos, siempre a escondidas de los inspectores. Lo llamaban "el huérfano" porque nadie asistía a sus reuniones de padres. A la hora de limpiar el salón, siempre lo obligaban a quedarse, cuando los populares "tenían cosas que hacer". En los trabajos en grupo, nunca nadie quiso trabajar con él, y los maestros no hacían más que permitirle trabajar solo.
Una vez llegó a la mayoría de edad, el abogado -tras entregarle su herencia- desapareció de sus días. Ya no venía tan seguido, y así hasta que dejó de venir. Lógico, ¿no? Tenía esposa e hijos, y se agradecía el hecho de que no hubiese dejado totalmente desamparado al pequeño Jeon ni descuidado su herencia.
Lo siguiente parecía tener mejor cara: la universidad. Pero prontamente, Jungkook se dio cuenta de que, en cuanto a madurez, no había mucha diferencia. A veces podía hacer trabajos solo, y otras debía unirse a equipos. Afortunadamente, cuando los grupos necesitaban integrantes, lo acogían sin mayor problema, pero era consciente de que había rumores sobre su persona. La gente era chismosa y se inventaban cosas que realmente no sabía de dónde salían. Pero, después de los golpes y humillaciones que le tocó vivir, esto ya no era gran cosa. Simplemente los ignoraba e iba de la universidad a casa y de casa a la universidad.
En un momento llegó a preguntarse: ¿por qué seguía? Probablemente... su padre estaría orgulloso de él si estudiaba y se titulaba. Pero... las cosas no eran fáciles.
Anteriormente solía luchar con las pesadillas que lo invadían: su madre abandonándolo, su padre accidentado, el mundo riéndose de él por lo patético que era. No había mucha diferencia, solo que comenzaba a impacientarse. La gente hablaba y decía cosas. Cosas que no eran ciertas, y eso comenzaba a enojarlo.
Ahora, sus pesadillas también lo culpaban. En ellas le decían lo patético que era. ¿Tenía dinero, no? ¿Por qué sufrir? ¿Acaso era tan débil como para no aguantar a unos cuantos estúpidos murmurando tonterías? Ya no era un niño. Y demás cosas de aquel estilo.
Lentamente, se aislaba cada vez más. Buscaba la manera de hacer todos sus trabajos solo. Y en aquellos "recesos" entre una clase y otra, en los que era absurdo ir a casa y volver debido al tiempo, simplemente buscaba un lugar alejado de todos para estar en su mundo, con audífonos y los ojos cerrados, esperando no ser fastidiado.
Solo que un día, un alto chico de gafas se le acercó y no dijo nada. Solo se puso a leer sentado a su lado bajo aquel árbol, y lo notó cuando abrió los ojos.
Namjoon era su nombre. Le había dicho algo tan simple como vago: -Es que buscaba tranquilidad, ya sabes... Espero no te incomode, solo estaré aquí para no sentir tanta soledad, ¿te parece?
Le ignoró y volvió a cerrar los ojos. Creyó que sería suficiente para ahuyentarlo, pero tal parecía que no mentía. En cada oportunidad en la que Jungkook estaba solo entre clases, él llegaba, y con su solo silencio y compañía, parecía estar bien.
Se terminó volviendo algo cotidiano y que realmente no le molestaba. Tampoco se sorprendió cuando él mismo se vio buscándole. Después de todo, estaba bien con su compañía. Sin hablar, sin decir nada, podía olvidar un poco los comentarios de la gente.
Pero al llegar a casa, la fría soledad le seguía invadiendo. Un nudo en la garganta se volvió parte de cada tarde.
Y así fue como Jungkook cayó en uno de los vicios más cotidianos. En un intento de seguir, de no apagarse, comenzó a beber alcohol por las noches y a fumar decenas de cigarrillos. Pero con el pasar del tiempo, sentía que no era suficiente. Necesitaba algo para callar las voces de su cabeza, el dolor de su alma... Y cambió los cigarrillos por unos más potentes.
¿Cómo no hacerlo si sus paseos nocturnos se volvieron cotidianos? No era de extrañarse que le ofrecieran cientos de drogas y que accediera a las menos dañinas, por el simple intento de borrarse por unos minutos, unas horas, de la mierda en la que estaba sumergido.
Fue todavía peor cuando, en su asiento, comenzó a encontrar notas con frases como: "Deberías rendirte, ya no te aguantamos." "Apestas, basura." "¿No te cansas de dar lástima?"
La ansiedad en su cuerpo aumentaba. Al llegar a casa, ya nada de lo que hacía servía para distraerlo. Por lo que no costó mucho que aquella idea llegara a su mente tras ver su navaja encima del buró.
Primero fueron leves cortes. Pero estos fueron aumentando en cantidad y profundidad. Simplemente sentía que ya no tenía salvación y que no le quedaba mucho...
Pero el cielo tenía otros planes... Y Park Jimin estaba definitivamente en ellos.
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