Existen dos tipos de alumnos. Bueno, tres, si cuentas a los que básicamente existen por inercia. Luego están los que estudian un poquito cada día, organizados, constantes, seres mitológicos que habitan en la cima del rendimiento. Y por último, está mi equipo: los del sprint final. Los que se empollan cuatro temas espantosos en menos de doce horas, mientras las ojeras les hacen sombra a las ganas de vivir.
Spoiler: sigo igual.
Vivir el día a día está bien... hasta que el día se convierte en "mañana entrego" y te das cuenta de que la has liado monumentalmente.
Crucé medio planeta con la esperanza de mejorar mi vida, trabajar como ilustrador, dejar volar mi creatividad. Y aquí estoy: sin trabajo, casi en la calle y con más drama que talento para gestionar el tiempo.
—Vuelve a casa, hijo.
Detesto esa frase. Siempre que abro el corazón con alguien de mi familia, me la devuelven envuelta en pena. Pero no. No es una opción. No todavía.
Mi (ya ex) compañero de piso se apoya en el marco de la puerta mientras fuma, como si no me estuviera echando con una pachorra divina.
—Tío, lo siento. El nuevo ya está abajo. Necesito que te marches ya. ¿Te echo un cable?
—¿He?
Su suspiro lo dice todo. Vale, no hay vuelta atrás. Me toca desalojar.
—Claro, no te preocupes —respondo mientras finjo que estaba descansando en el suelo como quien medita, no como quien ha perdido el rumbo.
Recojo mi vida: una mochila estilo mochilero, una bolsa del súper (de esas que siempre olvidas llevar y acabas acumulando), con todos mis materiales de dibujo, y mi bolso, que protege lo más valioso que tengo: mi tablet, mi alma digital.
—Oye, me alegro de que encontraras algo antes de irte. Siento todo esto, pero ya sabes... compromisos familiares.
—Sí, claro, no pasa nada.
Sonrío. Porque llorar delante del nuevo inquilino no queda muy estético. Además, al menos ya no tendré que inhalar humo de hierba 24/7.
Saludo al chaval nuevo con un leve gesto de cabeza. Y me voy.
No tengo ni idea de a dónde. Camino. Y camino. Hasta que acabo en un parque. Encuentro un banco, dejo mis bultos y saco el móvil.
¿Y ahora qué?
Abro la agenda. Podría llamar a mi hermano Pond... pero acaba de ser papá. ¿Cómo va a ayudarme si es él el que necesita ayuda?
Respiro hondo y marco.
—¡Hermanito! ¿Cómo va todo? ¿Ya estás en tu nueva casa?
—Mmm... no sé, es demasiado abierta y un poco fría. No me convence vivir en un parque.
—...Joong, dime que tienes un techo para esta noche...
—Negativo.
—¡Joder, Joong! ¿Y no se te ocurre avisar antes?
—¿Crees que podría quedarme con vosotros un par de días?
—Aquí... no te lo recomiendo, bro. Esto es el paraíso de los pañales y los lloros. Phuwin acaba de dar a luz a los mellizos, estamos en modo supervivencia. Espera... ¿qué dices, amor?... Claro, te lo paso. Joongie, cuidado, está muy hormonal y... ¡auch! Perdón, perdón amor, era broma...
—¡Dame eso! Joong, deja de copiar al idiota de tu hermano.
—Jajaja... Hola, cuñado. ¿Cómo está el papi de mellizos más sexy del continente?
—Destruido. Mis pechos gotean, los bebés gritan, tu hermano existe, pero no da abasto... Estoy agotado, Joongie.
—Ay, mi cuñadito... seguro que aún así tus ojitos brillan. Te he visto hecho un cuadro y sigues siendo precioso.
—Déjate de flores. No podemos ofrecerte habitación ahora mismo... pero quizás tenga una solución temporal. Te paso una dirección. Pero Joong, compórtate, ¿vale? Dunkie es importante para mí.
¿Dunkie? Mmm... igual es el amor de mi vida. Nos casamos en dos meses, adoptamos un gato y solucionado.
—¿Joong?
—Siempre soy yo, ya lo sabes.
—Por eso mismo me preocupo...
—Hablando en serio, gracias, Phuwin. Estoy un poco... perdido.
—Lo sé. Pero tienes que sentar esa cabecita loca. Entiendo que tu mundo son los dibujos y la fantasía, pero esta es la vida real. Y estás tocando fondo, Joong.
—Tienes razón. Quizá tu amigo...
—Deja a Dunkie en paz, ¿eh? Y compórtate. No pilla tus bromas y puedes meter la pata hasta el fondo, ¿me oyes?
—¡ENTENDIDO!
—Bien. Te acabo de mandar la ubicación. Voy a llamarle para avisarle. Y Joong...
—¿Sí?
—La próxima vez que vengas a conocer a los peques... trae chocolate. Me lo he ganado.
—¡Jajajaja! Sabía que me lo ibas a cobrar.
—Y caro, además.
Cuelgo. Reviso la ubicación. Estoy a menos de una hora andando.
Puedo con eso.
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Un sabor diferente
FanfictionJoong, ilustrador caótico con talento para meterse en líos (y cero para salir de ellos), acaba de ser expulsado de su piso. Sin casa, sin trabajo y con el ego arrugado como su camiseta, acude a su hermano Pond. Pero Pond está atrapado entre pañales...
