𝟏 𝐂𝐚𝐩𝐢𝐭𝐮𝐥𝐨

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Desde su nacimiento, Elan fue destinado a una vida solitaria.
Hijo de la antigua emperatriz del glorioso Imperio de Almir, vino al mundo en medio del dolor, pues su madre murió al dar a luz. Su padre, el emperador, quedó devastado por la pérdida y, aunque debía cuidar de su único heredero, nunca fue capaz de mirarlo sin ver el rostro de la mujer que había amado. Así, Elan creció sin afecto, sin ternura y sin una familia real que lo abrazara sinceramente.

Años más tarde, el emperador se volvió a casar. La nueva emperatriz era hermosa y delicada en presencia de su esposo, pero detrás de su sonrisa se escondía una mujer fría y despiadada. Con Elan, su trato era cruel, lleno de desprecio y manipulación. Crió a sus propios hijos en lujos, mientras Elan —el legítimo heredero al trono— era tratado como una sombra incómoda en palacio. Rodeado de falsedad y traición, aprendió a no confiar en nadie.

Pero había algo que Elan jamás compartió con nadie: sueños recurrentes desde que era pequeño, donde aparecía en un misterioso bosque. No era un lugar común, sino uno cargado de magia, oscuridad y un aura ancestral. Allí conoció a un pequeño lobo de pelaje negro como la noche y ojos rojos que brillaban con intensidad. El lobo, a diferencia de todos en su vida, no lo juzgaba ni lo rechazaba. Se convirtió en su único amigo. Aunque creía que eran solo sueños, esos encuentros dejaban una sensación demasiado real como para ser imaginaria.

Una noche, incapaz de dormir, Elan salió a caminar por los jardines del palacio bajo la luz de la luna llena. Mientras avanzaba por los senderos solitarios, una voz susurró en su mente:
"Muéstrame lo que mi alma anhela..."

Sin comprender por qué, Elan repitió esas palabras en voz baja.
Entonces, su cuerpo comenzó a desvanecerse lentamente en la brisa nocturna. Cuando volvió a abrir los ojos, se hallaba de pie en el bosque de sus sueños. Pero esta vez no era un sueño. El aire estaba impregnado de magia y oscuridad, y el murmullo de los árboles parecía reconocerlo. Por primera vez, Elan estaba realmente allí.
Estando allí, Elan se sintió abrumado por la energía del lugar. El viento rozaba su piel como si el bosque entero respirara a su alrededor. Cada hoja, cada sombra, parecía tener vida propia. Pero lo más inquietante no fue el entorno, sino la sensación de que no estaba solo.

Una presencia, invisible a sus ojos pero tan real como el latido en su pecho, lo observaba desde algún rincón del bosque. Era una mirada penetrante, antigua… casi salvaje. Elan no la temía, pero sí le producía escalofríos.
No era una amenaza. Era algo más profundo.
Un vínculo.

Elan se giraba a cada paso, sintiendo cómo esa mirada seguía sus movimientos con precisión. Como si aquella presencia lo reconociera, como si hubiese estado esperando por él durante años.
Pero no se mostraba. Se mantenía en las sombras, escondida entre los árboles, camuflada en el susurro del viento, observando cada uno de sus gestos. Y aun así, Elan no sentía miedo.
Sentía... que aquello le era familiar.

Y en lo más profundo de su corazón, algo se agitó.
Una emoción antigua. Un recuerdo sin nombre.
Una conexión que aún no comprendía…

Elan, ya abrumado por la incertidumbre, se detuvo en seco. La sensación de ser observado se volvía cada vez más intensa, casi insoportable. Su pecho subía y bajaba con fuerza, el silencio del bosque pesaba sobre sus hombros como una niebla densa.

—Muéstrate, quién quiera que seas—dijo finalmente, alzando la voz.
No era un grito, pero sus palabras se alzaron claras y firmes, llenas de decisión y anhelo.

Sin embargo... nada ocurrió.
Ni una hoja se movió.
Ni un suspiro del viento respondió.

Era como si el bosque entero lo hubiese ignorado, como si aquella presencia nunca hubiese estado allí. Y justo cuando Elan pensó que todo había sido una ilusión...

¡Crack!

El crujido repentino de una rama rompiéndose detrás de él le erizó la piel. Se giró rápidamente, pero no había nadie. Solo sombras. Solo la oscuridad temblando entre los árboles.

Y antes de que pudiera dar un paso más, su cuerpo comenzó a desvanecerse, igual que la primera vez.
Las luces del bosque se disolvieron, y la negrura lo envolvió como un sueño interrumpido.

Cuando volvió a abrir los ojos, estaba nuevamente en los jardines del palacio, bajo la luna llena, en el mismo sitio donde había empezado.
Pero ya nada se sentía igual.

Aún podía escuchar el eco de esa rama rota.
Y sabía, con certeza, que algo o alguien lo había visto… y decidió no responder.
Cada instante libre lo dedicaba a una sola obsesión: regresar a aquel bosque. No sabía cómo, ni por qué, pero lo sentía en su alma... tenía que volver.
La figura invisible que lo había observado, la voz que lo había guiado, y ese crujido final eran un eco constante en su mente.

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⏰ Last updated: May 12, 2025 ⏰

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