𝒟𝑒 𝓋𝓊𝑒𝓁𝓉𝒶 𝒶𝓁 𝒾𝓃𝒻𝒾𝑒𝓇𝓃𝑜 𝒹𝒾𝓈𝒻𝓇𝒶𝓏𝒶𝒹𝑜 𝒹𝑒 𝓅𝒶𝓇𝒶𝒾𝓈𝑜
Amber
No recordaba que el aire de los Outer Banks picara tanto al respirar. Tal vez es la humedad. O tal vez es volver a un lugar que dejó de sentirse como casa hace mucho tiempo.
Siete años. Siete años en Los Ángeles. La ciudad, las luces, las calles llenas de gente que no te mira dos veces. Y ahora estaba aquí de nuevo, en la isla donde todos se conocen, todos se juzgan, y todos recuerdan. Especialmente a mí.
La casa Cameron seguía intacta. Blanca. Gigante. Fría. Aparqué el coche de alquiler y bajé sin prisas. Tenía la llave desde los doce, aunque nunca pensé que volvería a usarla. La puerta se abrió con un clic suave. Ni un saludo. Ni una nota.
—¿Hola? —dije, sabiendo perfectamente que no iba a escuchar ninguna voz familiar.
Ward estaba ocupado, como siempre. Sarah probablemente con Topper. Y Rafe... bueno, de él no sabía qué esperar. Subí las escaleras, cada peldaño chirriando bajo mis pies. La puerta de su habitación estaba entreabierta. Golpeé.
Nada.
—¿Rafe?
Empujé un poco.
Y ahí estaba.
Tirado en el suelo, medio desarmado, con la mirada perdida y una sonrisa rara que me dio escalofríos. Un par de envoltorios en el suelo. Ese olor fuerte en el aire. Sintético.
—Amber... —dijo arrastrando las palabras, como si pesaran—. Mirá quién volvió...
—¿Estás bien?
Qué pregunta estúpida. Claro que no lo estaba.
Él rió, medio ahogado.
—Estoy mejor que nunca... gracias a Barry.
Me quedé quieta.
—¿Barry Russo?
Asintió con la cabeza, riéndose solo.
—Sí... Barry me cuida. De hecho... dice que quiere conocerte.
Tragué saliva.
Barry Russo. El nombre que escuchás desde chico y sabés que significa problemas. Nadie hablaba con él a menos que tuviera que hacerlo.
Bajé rápido las escaleras. Necesitaba aire. Necesitaba espacio. Necesitaba que esto fuera una pesadilla.
El muelle estaba casi vacío. El sol bajaba lento, tiñendo todo de naranja sucio. Me senté al borde, colgando las piernas como cuando tenía diez años.
Y entonces lo vi. John B. Estaba arreglando su lancha, concentrado, como si nada existiera fuera del agua y la madera.
—¿Volviste por fin, California? —dijo sin levantar la vista.
Sonreí, apenas.
—Sí... y ya quiero volverme a ir otra vez.
John B se giró y me vio. Sus ojos no juzgaban. Solo entendían.
—¿Ward ya te metió en una de sus charlas de "herencia, legado y familia perfecta"?
—No ha aparecido —respondí.
John B se rió por la nariz.
—Entonces todo sigue igual.
Yo asentí. Quise decirle más. Decirle que Sarah estaba con Topper, que Rafe estaba perdido, que Barry Russo sabía que yo estaba de vuelta. Pero no lo hice. No todavía.
Porque algo en el aire me decía que esto apenas comenzaba.
Y que nada, absolutamente nada, volvería a ser como antes.
YOU ARE READING
Mareas Cruzadas
RandomAmber Cameron era la hija perfecta del padre perfecto. Adoptada por Ward Cameron cuando apenas era una niña, creció entre yates, fiestas exclusivas y atardeceres dorados en los Outer Banks, Carolina del Norte. Ward era el modelo de hombre exitoso: c...
