El despertador de Daniel sonó a las 6:00 a.m , pero él ya estaba despierto.
¿Para qué dormir si los sueños son peores?, pensó, frotándose la marca morada en el costado. La había escondido bajo una camisa holgada que olía a lejía. Su padre odiaba que la ropa "apestara a pobre".
En la cocina, su madre freía huevos sin mirarlo. El silencio entre ellos era tan denso que Daniel podía saborearlo: a quemado, a miedo, a derrota.
—¿Pagaste la luz? —preguntó él, rompiendo la costumbre.
Ella solo movió la sartén. La respuesta estaba en la vela derretida sobre la mesa.
Al salir de casa, el viento le azotó la cara. Como la vez que papá me golpeó por llorar, recordó. Pero hoy no iba al instituto. Los jueves, tras la primera hora, se colaba al cine París, una sala abandonada donde proyectaban películas viejas por 50 pesos. Noa trabajaba allí los fines de semana vendiendo palomitas. Solo quiero verla reír, se mentía, aunque sabía que iría aunque ella no estuviera.
Pero ese día, el destino (o más bien su padre) lo esperaba en la esquina.
—¿Dónde diablos crees que vas? —rugió su padre, agarrando su mochila. Las botellas vacías en su aliento delataban la noche anterior.
—Al colegio… —mintió Daniel.
—¡Mentiroso de mierda! —La bofetada resonó en la calle vacía. Un perro callejero huyó.
¿Por qué no me muero ahora?, pensó, mientras su padre lo arrastraba de vuelta a casa. Pero en su cabeza, una frase de Noa resonó: "Me gusta la lluvia… borra todo lo malo".
(diario de Daniel) :
«Jueves 12 de octubre.
Hoy papá me golpeó por tercera vez esta semana. No lloré. Ni siquiera cuando me encerró en el armário. Me concentré en los agujeros de luz que entraban por la puerta. Uno tenía forma de estrella. Me pregunto si Noa ve las mismas estrellas.
A veces pienso que si desapareciera, nadie notaría la diferencia. Solo la señora Rosa, de la biblioteca, que me guarda libros bajo el mostrador. Hoy me dijo: "Este te va a gustar, Daniel". Era uno de viajes en el tiempo.
Ojalá existieran. Ojalá.»
La noche terminó con Daniel encerrado en su habitación, escuchando a sus padres discutir sobre dinero. "¡Es tu culpa!", gritó su madre. "¡Cállate!", rugió su padre.
Entonces, Daniel hizo lo que siempre lo salvaba: abrió la ventana, saltó al tejado, y corrió.
Pero... No hacia el cine. No hacia la biblioteca.
Hacia el bosque de los espejos rotos.
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Lo Que Pudo Ser
Random¿Qué darías por vivir en un mundo donde tus peores errores se desvanecen y tus sueños más profundos se cumplen? Daniel, un adolescente agobiado por el caos familiar, el amor no correspondido y la pobreza, encuentra en un bosque un libro maldito: "Lo...
