Es el primer día de bachilles para Ángel. No solamente para él, claro, pero Ángel solo tenía cabeza para pensar en qué iba a hacer... cómo iba a socializar, cómo iba a encajar. Sus habilidades sociales nunca fueron su fuerte; prefería observar a participar, y los grupos grandes de gente le provocaban un nudo en el estómago.
La fila para entrar al plantel era larga, y cada paso que daba era como si lo acercara a una zona desconocida, un territorio hostil de miradas nuevas y expectativas.
Fue entonces cuando se acercó alguien. Un chico apenas unos centímetros más alto que él, con el cabello algo revuelto y una sonrisa confiada, casi como si estuviera en su ambiente natural.
-Hola, ¿cómo te llamas? Yo me llamo Daniel, pero me dicen Bonilla. ¿También es tu primer día aquí? -preguntó el chico, acomodándose detrás de Ángel en la fila.
La pregunta sacudió a Ángel de sus pensamientos. Llevaba minutos torciendo los listones de su suéter, concentrado en su ansiedad. Levantó la vista con una mezcla de sorpresa y alivio.
-Hola a ti también, Bonilla. Soy Ángel, y sí, es mi primer día -respondió, con una sonrisa ansiosa que se formó casi sin querer.
Bonilla le devolvió la sonrisa sin dudarlo. No era solo carismático, era... fácil. Fácil de hablar, fácil de mirar. La conversación fluyó con naturalidad, entre comentarios nerviosos sobre el uniforme, los rumores que ya circulaban sobre profesores estrictos, y pequeñas confesiones sobre lo difícil que podía ser empezar de cero.
Cuando la fila terminó y entraron al salón 4, el maestro de ciencias sociales, un hombre bajo de gafas y calvo, les pidió que se sentaran en orden de lista.
-¡Daniel, Bonilla! ¡Fila del medio, tercera silla!
Bonilla levantó la mano y se dirigió al asiento indicado.
-¡Ángel! -gritó el profesor segundos después.
Ángel se congeló un segundo antes de caminar al asiento justo al lado de Bonilla. Una extraña sensación de alivio se instaló en su pecho. No estaba solo.
El resto del día pasó entre clases introductorias, profesores explicando reglas que probablemente olvidarían pronto, y alumnos tratando de ubicarse en la jungla del nuevo horario. Ángel no podía evitar mirar a Bonilla de reojo de vez en cuando. Cada vez que sus miradas se cruzaban, Bonilla le sonreía como si supiera algo que él no.
En la hora del receso, Bonilla lo esperó en la puerta del salon.
-¿Quieres venir conmigo a la tienda? Me dijeron que venden unas empanadas que son peligrosamente buenas -dijo, levantando una ceja como si fuera una misión secreta.
Ángel dudó por un momento. Su primer instinto era decir que no. Pero algo en la forma en que Bonilla lo miraba, con tanta naturalidad y cero presión, lo convenció.
-Va, vamos.
Caminaron por los pasillos del colegio como si se conocieran de más tiempo. Bonilla hablaba mucho, pero también sabía cuándo callarse. Ángel se sintió escuchado de una forma que no le pasaba seguido. Hablar con él no le drenaba energía. Todo lo contrario.
-¿Te puedo decir algo raro? -preguntó Bonilla de repente, mientras compartían la última empanada sentados en una banca del patio.
-Me caes bien. No sé, como que... siento que eres real. ¿Sabes?
Ángel no supo qué responder. Su estómago dio un pequeño salto, y no por la empanada. Solo pudo asentir, sonriendo con torpeza. Por primera vez en mucho tiempo, el nudo en su estómago no venía de la ansiedad.
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Secreto en el cobach
FanfictionAngel conoce a Bonilla y está confundido sobre lo que siente...
