I.

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El verano había llegado a la ciudad como una exhalación cálida, revolviendo las hojas en las aceras, fundiendo el asfalto bajo los pasos apurados y colándose por cada rendija abierta de los apartamentos. Georgia no solía quejarse del calor, pero esa tarde, después de un día particularmente largo en la universidad, sólo quería un té helado y su soledad de siempre. Lo que no esperaba, al abrir la puerta del edificio, era chocar de frente contra un torso.

Literalmente, un torso.

-¡Oh! Perdón, ¿estás bien?

La voz era cálida, profunda, con un tono alegre que casi se disculpaba por brillar demasiado. Georgia levantó la mirada y vio a un chico alto, con el cabello ligeramente despeinado, una sonrisa ancha y sincera en los labios, y una caja entre los brazos que parecía pesar menos de lo que debería.

-Estoy bien -dijo, algo torpe, dando un paso atrás. El tipo era guapo. No el tipo de guapo de catálogo de moda; no, era peor. Era ese guapo natural, relajado, que te hacía sentir que sonreír era un acto rebelde y encantador.

-Woonhak -se presentó, como si ya supiera que iban a hablar más. Extendió la mano, sin soltar la caja con la otra. Georgia la estrechó, sintiendo un cosquilleo absurdo recorrerle el brazo.

-Georgia. ¿Te mudas aquí?

-Sí, piso 3B. El ascensor está roto, pero tengo buena salud y una absurda cantidad de plantas que creen que sobrevivirán. Soy nuevo en la ciudad... bueno, más bien, re-nuevo.

-¿Re-nuevo?

-Viví aquí cuando era niño. Volví porque... cosas de la vida. ¿Y tú? ¿Eres de aquí?

-Más o menos -respondió ella, sonriendo sin darse cuenta. No solía sonreír a desconocidos. Pero Woonhak no parecía un desconocido. Era como un capítulo que ya habías leído sin darte cuenta.

Durante la semana siguiente, Georgia descubrió que Woonhak no sólo era extrovertido y simpático, sino también un vecino espectacular. Le había ayudado a cargar una estantería vieja, le dejó plantas en la puerta con cartelitos de "este cactus te juzga menos que la gente", y tocaba música suave por las tardes. No, no podía evitarlo: le gustaba. Y eso la aterraba.

Todo empeoró -o mejoró, dependiendo de cómo se viera- cuando Woonhak trajo amigos.

El primero fue Jaehyun. A Georgia le tomó cinco minutos decidir que Jaehyun era como una tormenta eléctrica en forma humana: brillante, bullicioso, imposible de ignorar.

-¿Eres la vecina misteriosa? -le preguntó la primera vez que la vio-. Woonhak no para de hablar de ti. Que si "Georgia esto", "Georgia aquello"...

Georgia se atragantó con su té.

-¿En serio?

-Nah -rió él-. Bueno, un poco. Pero sólo cuando lo molesto. Soy Jaehyun, por cierto. Si ves una sombra bailando en la ventana, probablemente sea yo.

Después vino Leehan. No dijo mucho la primera vez. Entró al apartamento con una pecera bajo el brazo, saludó con un leve movimiento de cabeza y se sentó en el suelo a observar a su pez. Tenía el cabello largo, rubio claro, recogido con una liga floja, y una expresión de filósofo cansado de los humanos.

-Leehan -dijo simplemente, cuando Georgia le preguntó su nombre. Luego añadió-: ¿Sabías que los peces no tienen párpados? Nunca pueden cerrar los ojos. Como yo en clase de matemáticas.

Georgia soltó una carcajada inesperada. Leehan sonrió apenas, satisfecho.

La cuarta aparición fue Riwoo. Pequeño, vivaz, con la energía de un adolescente que ha comido demasiado azúcar y la lengua más rápida del oeste.

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