Capitulo 1

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La habitación era un santuario de elegancia y grandeza, digna de una reina. 

La luz de la mañana se derramaba a través de los ventanales, iluminando los vastos jardines que se extendían como un tapiz verde esmeralda.

El aire era tranquilo, solo interrumpido por el suave susurro de las hojas en la distancia.

Sobre el lecho suntuoso, una mujer de belleza serena y porte regio descansaba. Su larga cabellera rubia, con destellos dorados bajo la luz, se derramaba sobre la almohada como una cascada de seda, enmarcando su rostro de facciones delicadas. En su regazo, la pequeña cabeza de su hijo encontraba refugio, su respiración un susurro dulce contra la tela suave.

Las caricias lentas y amorosas de su madre en su cabello lo mantenían en un remanso de paz.

—Sé un hombre fuerte, mi adorado X—murmuró la mujer, su voz un hilo de seda en el silencio matinal.

X, su pequeño héroe. El apodo había nacido de las vibrantes imágenes de la televisión, de esos valientes héroes dibujos animados que tanto fascinaban a su hijo.

Sus juegos eran épicas batallas donde él, el intrépido "Héroe X", rescataba a su "dama en peligro", su madre, del malvado "villano" que no era otro que su propio padre.

Esos momentos llenaban la casa de risas y fantasía.

—Pero ten cuidado en convertirte en alguien que no puede mostrar su debilidad.

La pequeña frente del infante se arrugó en una adorable confusión.

—¿Por qué, mami? ¿No se supone que los hombres deben ser fuertes? Papi siempre dice que no hay que mostrarse débiles.

Una sonrisa dulce y melancólica floreció en los labios de la mujer. Su hijo, una criatura de luz y curiosidad. Con lentitud, elevó un brazo y acarició la suave mejilla del niño, quien se acurrucó en la calidez de su palma, restregándose con un suspiro de puro afecto.

—Deseo que esa persona que pueda hacerte débil aparezca algún día, mi querido Chao Wei.

Los ojos oscuros del niño se alzaron hacia ella, llenos de una pregunta silenciosa. No comprendió el peso de esas palabras, la honda preocupación y el anhelo que las teñían. Pero, sin saberlo, esas palabras se sembraron en el fértil terreno de su joven mente, esperando el momento de germinar.

Y entonces, la nitidez del presente lo reclamó. Sus ojos se abrieron con pereza, la pesadez del sueño aún aferrada a sus párpados.

Se estiró lentamente, liberando la tensión acumulada durante la noche, y deslizó la parte inferior de su cuerpo fuera de la cama, sintiendo el fresco contacto del suelo bajo sus pies. Se quedó un instante inmóvil, con la mirada perdida en la distancia, los ecos de ese sueño, de ese recuerdo infantil, resonando suavemente en su interior.

El recuerdo de las palabras maternas flotaba en la conciencia del pelinegro como una melodía añeja, una tonada familiar cuyo significado completo, sin embargo, permanecía esquivo.

Deseo que esa persona que pueda hacerte débil aparezca algún día...

¿Qué había querido decir con aquello? En su infancia, la frase se había sumado al repertorio de los enigmáticos pronunciamientos de su madre. Ahora, a los veinticinco años, esa sentencia infantil resonaba con una complejidad insospechada, cual nota disonante en una composición melódica conocida.

Abandonó la cama, la frescura matutina acariciando su piel a través del ventanal entreabierto. La luz del alba comenzaba a teñir el cielo con pinceladas de naranja y rosa, un espectáculo que siempre había apreciado, incluso en sus años mozos.

Café con Aroma a DestinoHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora