Narrado por Zafira
Desperté con ese peso suave en el pecho que ya me era familiar. Azabache, mi gata negra, dormía ahí como si yo fuera su almohada favorita en el mundo. Sus patitas estaban recogidas, el pelaje espeso y suave como algodón de sombra. Tenía los ojos cerrados, pero sabía que si los abría, ese azul profundo iba a mirarme como si me conociera más que yo misma.
La moví con cuidado, como quien aparta un sueño bonito sin querer romperlo, y la dejé a un lado de la cama. Se quejó bajito y se estiró, pero no se despertó.
Había dormido apenas una hora, pero lo suficiente para recargarme. El calor de la tarde seguía metido entre las paredes del estudio, y las luces del sol que bajaban por la persiana dibujaban líneas sobre el suelo. Me levanté arrastrando las pantuflas y fui directo al baño.
Cuando prendí la luz, me encontré con esa imagen de siempre: yo, frente al espejo, media dormida pero viva. Y me sonreí.
La verdad es que, aunque a veces me queje, me gusto. Una morena canela con lunares puestos como arte: en la mejilla, al borde de los labios, cerca del ojo izquierdo. La nariz redondita, adornada por el septum y el nostril que me puse yo misma. Ojos rasgados, de esos que parecen llevar secretos, y labios gruesos, que casi siempre llevan restos de cacao o de una carcajada reciente.
El cabello me bajaba en rizos largos, virgen, libre, con su forma rebelde. Cortado en estilo shaggy, como si fuera una escultura que va creciendo con su propio carácter. Me recogí un lado para ver los tatuajes del cuello. Me gustaban. No por vanidad, sino porque me recordaban todo lo que he vivido.
Los tigres en la espalda me los hice para recordarme que aunque a veces lloro, nunca dejo de pelear. Las oraciones turcas... protección espiritual, de esa que no se ve pero se siente. La manga en el brazo izquierdo es una mezcla de lo que soy: hojas, símbolos tribales, flores que solo existen en mi mente. Y en la pierna, el primero de todos: un sol torcido, hecho por mí misma a los 16 con una aguja de coser y tinta china.
Ese fue el comienzo de todo.
Me lavé la cara, me cepillé los dientes y volví al cuarto, que también es mi sala, mi estudio y mi taller. Azabache ya estaba despierta y mirándome con esa actitud de "mami, ¿y mi comida?", así que fui directo a llenarle su platito.
Mientras ella comía, agarré el celular. Tenía una notificación de Instagram. Era un mensaje:
"Hola Zafira, vi tus tatuajes por una amiga y me encantaron. Quisiera uno contigo, algo sobre protección y renacimiento. ¿Tienes cupo mañana?"
Sonreí tan fuerte que sentí el latido en los cachetes.
Tatuaje de protección... renacimiento... eso es lo mío.
Le respondí al instante. Estaba rota de dinero. Este mes había sido una ruleta rusa: cancelaciones, materiales caros, y la nevera sonando como un tambor vacío. Pero eso no lo sabría ella. Yo siempre trato de mantenerlo profesional, aunque por dentro esté tirando cálculos para pagar el internet y comprar arroz.
Después de confirmar la cita, prendí un incienso. Me gusta limpiar la energía antes de ponerme a diseñar. Puse un playlist suave, con guitarras y tambores lejanos, y saqué mi libreta de bocetos.
Mientras dibujaba, pensé en todo lo que tuve que hacer para llegar aquí.
A los 18 me fui de la casa. Fue duro. Mi familia no entendía que yo quisiera vivir de dibujar en piel. Me dijeron que era una fase, que me iba a morir de hambre. Y aunque hubo días que sí pasé hambre, nunca me detuve. Me metí en estudios donde me miraban raro por ser mujer, por ser flaca, por no tener apellido. Me tatué la piel como una promesa: esta soy yo, y nadie me va a borrar.
Con el tiempo, fui haciéndome un nombre. Primero en las ferias, luego por recomendaciones. Mis clientas venían a tatuarse cosas profundas: abortos, duelos, amores que se fueron. Yo les decía: tú habla, yo dibujo.
Y en ese momento, mientras veía cómo el lápiz seguía su camino sobre el papel, supe que el diseño estaba tomando forma solo. Una espiral, flores abiertas, líneas protectoras... como si ya lo hubiera soñado antes.
Azabache brincó al escritorio y se acostó sobre mi libreta.
—Coño, niña, ¿no ves que estoy trabajando? —le dije entre risa.
Ella me miró y se quedó ahí. No se movió.
Tal vez eso era una señal de que ya era hora de descansar los ojos. O tal vez solo quería atención.
En ese momento no pensé en nada fuera de lo común. No había presentimientos. No había presagios.
Solo estaba yo, mi gata, mi arte... y una cita confirmada para el día siguiente.
Sin saber que esa cita sería el primer paso hacia lo salvaje.
