PROLOGUE

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A veces, las cicatrices más profundas no son las que dejan las batallas, sino aquellas que se forman en el silencio, en los recuerdos no compartidos, en los sentimientos callados.

Durante años, Zuko vivió entre el fuego del deber y el hielo de la duda. Expulsado de su hogar, perseguido por un honor robado, y guiado por la esperanza de encontrar algo más que el perdón de su padre... encontrar a alguien que lo mirara sin temor. En ese viaje lleno de sombras, solo unos pocos nombres se aferraban a su corazón como brasas persistentes. Uno de ellos, era el de Lihua.

Ella fue más que una amiga de la infancia, más que una figura difusa en sus memorias del palacio. Fue su consuelo en los días grises, su risa en los jardines silenciosos, y su fuerza cuando todo lo demás se desmoronaba. Pero el destino, caprichoso y cruel antes de que el amor pudiera florecer completamente.

Ahora, el exilio ha terminado. Zuko regresa a casa como un heroe permitiendole de nuevo tomar su papel como el de prometido de la única persona que fue su luz en la oscuridad.

Y en medio de promesas, alianzas y silencios, otra presencia observa desde las sombras: brillante e inquebrantable, enfrentando un sentimiento que creyó que se habia ido hace mucho tiempo... uno que podría arder más intensamente que cualquier fuego.

Este no es solo una historia de amores y traiciones.

Es la historia de tres corazones enfrentando su verdad, entre los escombros de una guerra y el eco de un destino que aún no está decidido.

Susurros bajo la luna

La noche había caído con suavidad sobre el palacio de la Nación del Fuego, y el cielo se teñía de un rojo profundo que se desvanecía lentamente en sombras púrpuras. Lihua caminaba en silencio a través de los pasillos vacíos, guiada por Zuko. El calor de las antorchas encendidas a lo largo de los muros no era nada comparado con el que sentía en el pecho.

—¿Estás seguro de que no nos verán? —preguntó ella en voz baja, apenas un susurro.

—Confía en mí —respondió Zuko con una media sonrisa—. Azula está ocupada entrenando, y los guardias... bueno, no todos saben por dónde salir sin ser vistos.

Habían logrado escabullirse tras la cena, cuando el bullicio de los sirvientes disimulaba sus pasos. A lo largo de las últimas semanas, los encuentros entre ambos habían sido orquestados, vigilados, incómodamente formales. Hablar, incluso mirarse, se sentía forzado con el peso de las expectativas sobre sus hombros. Pero ahora, en ese rincón del jardín donde el loto azul florecía bajo la luz de la luna, estaban solos.

Zuko se detuvo junto al estanque y miró las suaves ondas en el agua. El reflejo de las linternas danzaba entre las flores flotantes.

—Nunca te había traído aquí, ¿verdad?

—No —dijo Lihua, asintiendo con una sonrisa curiosa—. Ni siquiera sabía que este lugar existía.

—Es mi rincón favorito del palacio... o solía serlo. Antes de que todo se volviera tan... solo.

Lihua lo miró en silencio, leyendo algo en su expresión que rara vez mostraba frente a otros: vulnerabilidad.

—¿Zuko?

—He pensado en esto muchas veces —confesó él, sin apartar la vista del agua—. En estar aquí contigo. Sin guardias. Sin sirvientes. Sin mi padre observando cada palabra que decimos como si fuera un examen. Solo tú y yo.

Susurros de un amor prometido ||| ZukoStories to obsess over. Discover now