EL Espejo De Cristal

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Ariel siempre había sentido que algo le faltaba. A los quince años, cargaba con más vacío que muchos adultos: su padre se había ido cuando era pequeño, su madre trabajaba doble turno y apenas le dirigía la palabra, y en la escuela era invisible. Las voces de sus compañeros pasaban por encima de él, y cuando se daba cuenta, había pasado un día entero sin que nadie lo mirara a los ojos.

Ese verano, su madre decidió enviarlo al pueblo para quedarse con su abuela enferma. Era una casa antigua, con techos altos, muros húmedos y relojes que sonaban a deshora. Ariel dormía en un cuarto polvoriento con una sola ventana, y pasaba las tardes explorando los rincones de la casa, aburrido y solo.

Fue en el desván donde encontró el frasco.

Estaba en una caja de madera, envuelto en un pañuelo oscuro. El frasco era pequeño, de cristal grueso, tapado con un corcho viejo. La etiqueta estaba casi borrada, pero una palabra se mantenía legible en tinta roja: "Deseo".

Ariel no sabía por qué, pero sintió que debía abrirlo. Al quitar el corcho, una neblina luminosa se elevó lentamente, flotando en el aire como si tuviera conciencia. Sin pensarlo, respiró hondo.

Todo cambió.

De pronto, su mente se aclaró. Los pensamientos negativos desaparecieron. Sintió una euforia suave, como si flotara. Sonrió por primera vez en semanas. Durante los días siguientes, el mundo se volvió más amable. Su abuela le hablaba con dulzura, los pájaros cantaban más fuerte, e incluso un par de chicos del pueblo se acercaron a saludarle. Ariel estaba convencido de que el frasco era mágico.

Pero cada vez necesitaba más. La neblina ya no subía como antes. Se agotaba.

Y entonces llegaron las sombras.

Al principio eran susurros. Voces en las esquinas de su habitación. Luego figuras delgadas y sin rostro, paradas en el pasillo. No hacían nada, solo lo observaban. Ariel intentaba ignorarlas, pero cada vez que no usaba el frasco, las figuras se acercaban un poco más.

Una noche, no pudo más. Gritó en la oscuridad del cuarto:
—¿Qué quieren de mí?

Una figura se acercó. No caminó: flotó. Se detuvo justo frente a él y, con una voz que sonaba como cristales rompiéndose, respondió:
—Solo queremos entrar.

Ariel cayó de rodillas. El frasco estaba vacío. Pensó en lo bien que se había sentido al principio, en cómo todo había cobrado sentido, y deseó que eso regresara.
—¿Y si los dejo entrar… me sentiré bien otra vez? —preguntó.

Las sombras no respondieron, pero se abrieron como una cortina, revelando un antiguo espejo en medio de la habitación. No recordaba haberlo visto antes.

Se levantó y se acercó al espejo. Su reflejo le sonrió

Pero él no estaba sonriendo.

La figura en el espejo era suya… y no. Tenía los mismos ojos, pero llenos de algo oscuro y hambriento. El reflejo habló:
—Tú solo tienes que decir "sí".

Ariel lo dijo.

En ese instante, sintió un tirón desde dentro. Como si algo se desgarrara en su pecho. Gritó, pero no hubo sonido. El reflejo salió del espejo, y él fue arrastrado hacia adentro. El cristal lo envolvió como agua helada.

Desde entonces, el Ariel del mundo exterior ya no era el mismo. Caminaba como él, hablaba como él… pero sus ojos no parpadeaban igual. Su voz tenía un tono hueco, distante. Y en las noches, se encerraba frente al espejo, riendo solo, susurrando cosas en un idioma que nadie entendía.

Mientras tanto, en el otro lado del cristal, Ariel golpeaba, gritaba, lloraba… pero nadie podía oírlo. El frasco seguía ahí, lleno otra vez, esperando al siguiente.

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⏰ Last updated: Apr 22, 2025 ⏰

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