Bajo la lluvia negra

28 5 2
                                        

El cielo sangraba ceniza cuando Kael regresó a su aldea natal.

Nadie lo reconoció.

Las puertas del templo estaban abiertas, igual que trece años atrás, la noche en que lo vendieron por tres monedas y una mentira. Solo que ahora no era un niño... y la cicatriz en su palma ardía como si alguien estuviera por traicionarlo otra vez.

Cruzó el umbral con la calma de los condenados. El eco de sus pasos no lo seguía; lo perseguía.

—¿Vienes a rezar? —preguntó una voz desde la penumbra.

Krael sonrió sin humor.

—No. Vengo a hacer que recen.

Su capa, aún húmeda por la lluvia negra que caía desde el amanecer, ocultaba una daga manchada con el sello de un círculo quemado: un mensaje. Una advertencia. O quizás solo otra mentira.

Los rezos no llegaron a tiempo.

El cuerpo cayó antes de terminar su plegaria, el cuello abierto con la precisión de quien ha cortado demasiadas gargantas como para temblar ahora. Krael se agachó y arrancó el medallón que colgaba de su cuello: una piedra lunar tallada con un símbolo antiguo, uno que ya no debía existir.

—Por ti, madre —murmuró, pero ni el eco quiso llevarle esas palabras.

Al salir del templo, la aldea lo esperaba en silencio. Puertas cerradas. Ventanas apagadas. Nadie se atrevía a hablarle. Nadie a detenerlo.

Pero él no vino por testigos.

Vino por respuestas.

Caminó hasta el viejo pozo, el mismo donde escuchó por primera vez la palabra "bastardo". A los cinco años. De labios de su propio padre.

Ahora, el pozo estaba seco.

Y dentro, un cadáver reciente.

Krael descendió sin pensarlo, como quien regresa a un recuerdo podrido. Al tocar fondo, desclavó el pergamino sujeto al pecho del muerto:

"El Eclipse camina. El traidor aún respira. La sangre mezclada será corona o ruina."

Era una de las profecías prohibidas. El Consejo de Hueso había ordenado borrar cada mención, cada símbolo, cada susurro relacionado a ella.

Pero ahí estaba. Escrita con sangre y sombra.

Krael cerró los ojos. La cicatriz en su palma ardía.

La guerra había comenzado.

Y él no sabía si era el primer peón... o un rey oculto.

La capital de Kartholin olía a hierro húmedo y mentiras frescas.

Krael llegó al amanecer, cubierto por una túnica manchada de barro, sangre y sal. Nadie reconoció su rostro, pero todos sintieron su presencia. Como si una tormenta hubiese puesto piel humana y se hubiera infiltrado entre ellos.

El mercado apenas despertaba cuando los cuervos comenzaron a girar en círculos sobre la Torre Pétrea —sede de los Custodios de la Memoria, una antigua rama neutral que los Altos Pilares toleraban... o vigilaban.

—Hoy muere alguien importante —dijo un anciano pescador, sin apartar la vista del cielo.

Krael sonrió bajo la capucha.

Él ya lo sabía.

No venía por mercancía. Venía por un nombre.

El primero de una lista grabada en su memoria con fuego y traición.

Entró a la ciudad sin anunciarse. Pero la ciudad lo sintió.

Subió los escalones hasta el santuario hundido de los Custodios. Allí, las verdades se tallaban en hueso, y el pasado era una herida mal cerrada para quien supiera leerla.

—¿Buscas algo perdido? —preguntó una mujer de rostro vendado, cuya piel parecía ceniza antigua.

—Busco algo robado —respondió Krael—. Mi historia.

Ella extendió la mano. Tenía once dedos.

—Entonces tendrás que pagar.

Krael alzó su daga. No como amenaza, sino como ofrenda.

—Con sangre, ¿verdad?

—Con la tuya... o con la de alguien más.

Él colocó la hoja en sus palmas. Su tacto era gélido, como mármol sumergido en siglos.

—Sígueme —dijo la mujer.

Descendieron por una espiral excavada en roca viva. A medida que bajaban, el aire se espesaba, cargado de voces que no eran suyas. Murmullos en idiomas olvidados vibraban en las paredes, y símbolos parpadeaban como si respiraran.

—¿Qué es este lugar? —preguntó Kael.

—El Núcleo —respondió la mujer—. Aquí duermen las memorias que los Altos Pilares quisieron enterrar.

Al fondo, una sala redonda esperaba. Un altar de obsidiana en el centro, rodeado por columnas que antes fueron humanos. Cada uno petrificado en rezo.

Sobre el altar, un solo objeto: un libro cerrado por una cerradura de hueso.

—Ahí está tu historia. Pero no está sola.

Krael se acercó. El libro latía como un corazón.

Su cicatriz sangró. Una gota cayó sobre la cerradura.

El hueso se abrió con un sonido que parecía un grito contenido durante siglos.

Dentro no había letras. Solo imágenes. Grabadas en piel. Retazos de batallas, nacimientos, traiciones, muertes. Y entre todo eso, una figura: una mujer cubierta de ceniza, con una corona rota y ojos de obsidiana.

—¿Quién es ella? —preguntó Krael.

—tu madre —dijo la mujer—.

Krael dio un paso atrás.

—Eso no es posible.

—Lo es. Y hay más. Ella escribió esa profecía. La sangre mezclada... eres tú, Krael. Nacido de dos casas enemigas. Heredero de algo que no debió sobrevivir.

Krael cerró el libro. La verdad pesaba más que el acero.

—Entonces todos querrán matarme.

—O seguirte —susurró la mujer.

Él guardó el libro. Su cicatriz ya no ardía. Palpitaba.

Subió sin mirar atrás. Afuera, el sol se teñía de rojo.

La ciudad estaba lista para sangrar.

Y él... también.

Eronthias - El ultimo hijo del tiempoWhere stories live. Discover now