El impacto no fue el fin... pero estuvo cerca.
Cuando Enki abrió los ojos, su visión era una tormenta de luces descompuestas. Fragmentos de luz parpadeaban sobre los cristales agrietados de la cápsula, como si las estrellas mismas lo observaran desde las rendijas del metal chamuscado. El crujido del fuselaje era una sinfonía distorsionada, y un calor denso —casi orgánico— lo envolvía todo. Aunque su traje le protegía, sentía en los huesos cómo el planeta entero vibraba bajo él. No estaba muerto, pero estaba lejos de estar a salvo.
Intentó incorporarse, pero el dolor le detuvo. Un ardor agudo le atravesaba el costado derecho. Sangre. No demasiada, pero suficiente para incomodar. Su armadura viviente, fusionada a su piel, liberó al instante una oleada de nanoagentes. Ellos sellaron la herida con precisión quirúrgica, aunque el escozor persistía como un recordatorio de su fragilidad.
El zumbido en sus oídos era ensordecedor, pero por dentro todo estaba en silencio. Un silencio espeso, casi irreal, como si la guerra, el cosmos, la existencia misma, se hubiera detenido. Sentía el aumento del peso sobre sus músculos: la gravedad era más fuerte que en su planeta natal. Cada movimiento exigía el doble de esfuerzo.
Recordó.
La misión. La expedición. El salto forzado.
Y antes de eso...
La intercepción.
Una emboscada. Su flota, rodeada por naves enemigas en una franja espacial supuestamente deshabitada.
Las alarmas.
Las órdenes.
El comandante Vaal, su hermano de causa, gritándole que activara el protocolo de escape.
Los cañones enemigos iluminando el vacío.
Sus tropas, intentando contener lo inevitable. Un ataque masivo.
Uno a uno, los sistemas caían.
Y él, protegido por los escudos personales de Vaal, arrastrado hasta la cápsula.
—¡Salta, Enki! —había gritado el comandante mientras recibía un impacto directo—. ¡Tú eres la semilla...! ¡Tú debes recordar...!
Luego, solo oscuridad. Y ahora... esto.
Extendió la mano temblorosa hacia el panel de control. El comunicador estaba hecho trizas. Pantallas rotas, circuitos quemados, módulos inservibles. Maldijo entre dientes. Utilizó la energía residual de su traje para intentar activar alguna señal de emergencia. Con movimientos precisos —de ingeniero, de superviviente— empezó a desmontar componentes menores para improvisar una fuente de comunicación.
Nada. Solo chispas, humo, y el sabor metálico del fracaso.
Miró a su alrededor. El interior de la cápsula era un cadáver tecnológico. Su mente analizaba posibles soluciones, buscando patrones, combinaciones, cualquier cosa que pudiera ensamblar para volver a comunicarse con su gente... si es que aún quedaba alguien.
Suspiró. No quedaba tiempo para lamentarse.
Con un quejido de metal, abrió la compuerta.
El mundo exterior era... joven. Crudo. Salvaje.
Una danza de lava y humo, de tierra en plena formación. El aire olía a azufre, hierro fundido y tierra quemada. No había canto de aves, ni brisa, ni vida. Solo fuego. Solo fuerza. Solo transformación.
El suelo, aún caliente, crujía bajo sus pasos. El cielo, sin filtro atmosférico, mostraba un espectáculo cósmico indescriptible: nebulosas multicolores, estrellas titilando al borde de la locura, asteroides fugaces atravesando la bóveda celeste. Como un sueño alucinógeno de un dios primitivo.
Había visitado muchos mundos en su vida...
...pero ninguno tan brutalmente hermoso como este.
Su traje vibró.
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Génesis Prohibido (TOMO 1)
Science FictionEn un rincón lejano del universo, Enki, el último superviviente de una misión fallida, despierta en un planeta primitivo lleno de caos y peligro. Tras un salto de emergencia fallido, su nave se estrella en un mundo joven, donde la tierra aún se mold...
