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La ciudad no dormía, pero sí fingía hacerlo.

Las luces parpadeaban como ojos cansados, los autos pasaban con la lentitud de quien ya no tiene apuro por llegar, y la gente —esos fantasmas que se movían entre semáforos y persianas bajas— parecía vivir en automático, sobreviviendo a base de café y frustraciones no dichas.

Ella era una más de ellos.

Trabajaba como camarera en un bar al que nadie le prestaba atención, ubicado justo en la frontera entre lo real y lo que parecía una escenografía. “Café Bruma”, decía el cartel torcido que colgaba sobre la entrada. El nombre le parecía apropiado: porque todo en su vida se sentía así, borroso.

Su turno empezaba a las seis de la tarde y terminaba a las dos de la mañana. Después caminaba de regreso a su departamento con los pies adoloridos y la espalda quebrada por la misma rutina. Algunas veces se tentaba con la idea de tomar un colectivo, pero prefería el silencio de las calles, aunque fueran frías y olieran a humedad y a cigarrillos apagados.

Tenía veintiun años y el corazón hecho una pelota arrugada. No porque alguien se lo hubiera roto dramáticamente —aunque sí había un par de historias para contar en ese aspecto—, sino porque había aprendido a conformarse. A acostumbrarse a las cosas que no funcionaban. A las relaciones a medias, a las promesas que se disolvían con el primer cambio de clima.

Sus únicos compañeros fieles eran dos gatos: uno blanco, silencioso y distante, al que había rescatado de una bolsa en la calle, y otro rubio, gordo y mimado, que parecía más almohadón que felino. Con ellos compartía sus noches de dibujo, cuando, apenas llegaba, se ponía el pijama, agarraba su cuaderno y empezaba a trazar líneas que casi siempre terminaban en bocetos inconclusos.

Dibujaba para sobrevivir. O para no desaparecer.

Le gustaba también bailar sola, con los auriculares puestos, en el pequeño espacio entre la cocina y el sillón. A veces se reía de sí misma cuando se daba cuenta de que sus gatos la miraban con cara de: “otra vez esta loca”. Pero bailar la hacía sentir por unos minutos como si tuviera cuerpo otra vez. Como si no fuera solo una sombra más.

Esa noche había llovido. No mucho, pero lo suficiente para que las baldosas resbalaran y las sombras parecieran más largas. Venía caminando de regreso cuando la vio.

Una tienda.

Una que no estaba ahí antes.

La fachada era vieja, pero no sucia. Había una farolita colgando que parecía hecha con partes de relojes rotos, y en el vidrio, pintado a mano, se leía:

“La tienda del gato dormido”

No sabía por qué, pero entró.

El lugar olía a madera vieja, a té de jazmín y a algo que no podía identificar... como si alguien hubiera quemado una carta de amor hacía poco. Había libros, frascos con etiquetas en idiomas extraños, velas consumidas hasta la mitad, y jaulas vacías que colgaban del techo.

Y en una caja, al fondo, vio al gato.

Negro, pelaje corto, con una cruz blanca perfecta en el pecho. Dormía como si no tuviera preocupaciones en el mundo. La dueña del local —una mujer pequeña, con una túnica violeta y manos que temblaban— le dijo:

—Ese se llama Quackity. Hoy está en oferta. Cien pesos.

—¿Cien pesos? —preguntó, entre incrédula y divertida.

—Lo que vale no está en su precio.

Y por alguna razón que no entendió, lo compró. No solía hacer eso, no le gustaba comprar animales, sabiendo que habían muchos otros en la calle, pero... Parecía especial.

El gato se acomodó en sus brazos como si la conociera de antes. No maulló. No se resistió. Solo apoyó su cabeza contra su pecho y cerró los ojos. Ella pensó que sería uno más en su colección de silencios.

La Tienda del Gato Dormido Histórias para pegar e não largar. Descubra agora