El sonido de la lluvia golpeando los ventanales de la biblioteca era lo único que rompía el silencio. Daniel hojeaba un libro sin mucha atención, con la mente distraída. No era que no le gustara leer, pero desde hacía días, su atención estaba en otra cosa… o más bien, en alguien.
Sentado en la mesa del fondo, con los auriculares puestos y el ceño fruncido mientras escribía en su cuaderno, estaba Adrián. Daniel no entendía cómo alguien podía hacer que hasta la más simple acción pareciera interesante. Tal vez era la forma en que se mordía el labio al concentrarse, o cómo se pasaba la mano por el cabello cuando estaba frustrado.
—¿Vas a seguir mirándome o por fin vas a decirme algo? —La voz de Adrián lo sacó de sus pensamientos.
Daniel se tensó. No esperaba que lo notara.
—Yo… no te estaba mirando —intentó defenderse, pero la sonrisa de Adrián decía que no le creía ni una palabra.
—Claro, claro —dijo Adrián, cerrando su cuaderno—. Si quieres sentarte conmigo, no muerdo.
Daniel dudó por un segundo, pero al final se acercó y se sentó frente a él. El corazón le latía rápido.
Pasaron los minutos y, para su sorpresa, la conversación fluyó con naturalidad. Hablar con Adrián era fácil, aunque siempre había sentido que estaban en mundos distintos.
Cuando la biblioteca cerró, salieron juntos. La lluvia aún caía fuerte.
—No trajiste paraguas, ¿verdad? —preguntó Adrián, riendo al ver a Daniel mirar el cielo con resignación.
—No…
—Ven, comparte el mío.
El corazón de Daniel dio un vuelco cuando Adrián se acercó, sosteniendo el paraguas sobre ambos. Mientras caminaban, sus manos se rozaron por accidente… pero ninguno se alejó.
Bajo la lluvia, entre risas y silencios cómodos, Daniel supo que aquel día marcaría el comienzo de algo especial.
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