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Jung Myung-Seok

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En los fríos y solemnes pasillos de Hanbada, uno de los bufetes de abogados más prestigiosos de Seúl, reinaba una atmósfera de orden meticuloso, profesionalismo implacable y un silencio casi reverencial. Las paredes, cubiertas por placas doradas, diplomas enmarcados y fotografías pulcramente alineadas de victorias legales y reconocimientos, eran testigos mudos de una tradición de excelencia jurídica que se extendía por generaciones. No se escuchaban risas, ni pasos apresurados. Solo el ocasional sonido preciso de unas teclas mecánicas, el murmullo apagado de una conversación telefónica y, de vez en cuando, el eco rítmico de unos tacones que rompían la rutina como una nota discordante en una sinfonía.

Ese sonido peculiar ligero, elegante y firme no pertenecía a ninguna secretaria ni a una socia veterana. No. Esa presencia no era parte del mobiliario habitual de Hanbada.

Era T/N, la nieta del fundador del bufete.

El solo susurro de su nombre era suficiente para detener conversaciones a medio tono y provocar miradas que intentaban disimular la curiosidad. Joven, carismática, vestida con un abrigo de diseñador que caía como una cascada sobre sus hombros, gafas oscuras que ocultaban una mirada aún más penetrante, y unos labios siempre curvados en una sonrisa que parecía saber más de lo que decía. Su linaje, impecable; su fortuna, inabarcable. Su presencia, una excepción que el edificio entero aprendía a tolerar o a admirar en silencio.

T/N no necesitaba trabajar. Había crecido entre columnas de mármol y paredes tapizadas de terciopelo, entre cenas con embajadores y vacaciones en islas privadas. Había asistido a las mejores escuelas, hablado múltiples idiomas y cultivado una educación clásica adornada con excentricidades modernas. Pero había algo en ella, una inquietud difícil de describir, que la impulsaba a moverse, a curiosear, a irrumpir en mundos que no le pertenecían. Fue esa misma inquietud la que, una tarde de otoño, cuando Seúl se pintaba de tonos anaranjados y dorados, la condujo hasta Hanbada.

Su abuelo, entre sorbos de un té humeante, había mencionado en voz baja, con un respeto poco habitual en él, el nombre de Jung Myung-seok.


—Es recto como una espada japonesa —Había dicho con los ojos entrecerrados—No se dobla ante el poder, ni siquiera ante mí. Por eso lo respeto.


Aquello había bastado para sembrar una chispa en la mente de T/N ¿Un hombre que no se doblegaba ni ante su abuelo? Interesante. Fascinante, incluso. Así fue como, sin anunciarse, se presentó en el bufete con una sonrisa enigmática y pasos decididos.

La llevaron, con evidente nerviosismo, hasta la oficina del abogado. Él estaba inclinado sobre una pila de documentos, con sus característicos lentes ligeramente deslizándose por el puente de la nariz, concentrado, meticuloso, imperturbable. Pero cuando la puerta se abrió y ella entró, algo en su cuerpo se tensó. No era miedo. Era una sensación difícil de explicar, como si el orden de su mundo hubiera sido tocado por un dedo invisible.

T/N se quitó las gafas con una lentitud elegante, dejando ver unos ojos que parecían capaces de desarmar a cualquiera. Se posaron en él con una naturalidad que lo desconcertó.


—Abogado Jung Myung-seok —Dijo con voz suave, pero con la firmeza de quien no está acostumbrada a ser ignorada—He oído muchas cosas buenas de usted.

Él se levantó de inmediato, ocultando su desconcierto con una leve reverencia—Es un honor recibirla, señorita T/N ¿En qué puedo asistirla?

—Me aburría —Respondió, sentándose sin esperar invitación—Mi abuelo habla tanto de usted que decidí venir a conocer al famoso abogado incorruptible. Quiero ver si todo lo que dice es cierto.


Myung-seok parpadeó. No era un hombre fácilmente sorprendido; pero la soltura con la que ella se desenvolvía desafiaba todo lo que conocía. Sus reuniones eran breves, eficientes, necesarias. Aquello era una interrupción peligrosa. Sin embargo, no logró desviar la mirada.


—Si hay algo legal que necesite discutir, estaré encantado de ayudarla. Pero me temo que no soy una atracción turística —Dijo con la compostura que lo caracterizaba.

Ella sonrió, como si esa frase solo la hubiera divertido más—Qué adorable —Murmuró, apoyando el mentón en una mano—Tan serio. Me gusta eso; pero no se preocupe, abogado. No busco entretenimiento fácil. Vine a observar y si me lo permite, quizás lo visite seguido.


Desde entonces, comenzó a aparecer con regularidad desconcertante. Nunca con un horario fijo, ni en los mismos días. A veces en las mañanas con un café en mano, otras en las tardes con una pregunta legal que claramente no necesitaba respuesta. Siempre elegante, siempre segura. Cada visita tenía una excusa distinta, pero todos sabían -incluso él- que su verdadero interés era él.


Jung Myung-seok, por su parte, se mantuvo firme, frío y profesional—Señorita T/N —Le decía con paciencia—mi labor es ejercer el derecho. No entretener visitas sociales.

—Y yo solo quiero ayudar —Decía ella, jugando con el borde de su abrigo—Cualquier cosa que necesite, mi familia puede ofrecérselo.


Pero él nunca pedía nada. Nunca aceptaba más que una taza de té si ella la traía personalmente. Aun así algo comenzaba a ceder dentro de él. Primero, la notaba como una presencia molesta. Después, como una distracción peligrosa y más tarde, como una constante que su mente empezaba a buscar sin querer, como si la costumbre de verla se hubiera infiltrado en su rutina silenciosamente.

Un día, al salir tarde de la oficina, la vio. Estaba esperándolo afuera, envuelta en un abrigo rojo profundo que contrastaba con el cielo gris de la noche. La ciudad zumbaba a su alrededor, indiferente, pero ella estaba allí, inmóvil, como si el mundo girara a su ritmo.


—¿Va a seguir negándome su compañía, abogado? —Preguntó con una media sonrisa— Podríamos simplemente caminar. Ni siquiera tiene que hablarme si no quiere.

Él suspiró, luchando consigo mismo—Soy su abogado. Usted es la nieta del dueño de este bufete. No sería ético.

Ella dio un paso, lo suficiente para acortar la distancia sin tocarlo—Entonces considéreme solo una mujer interesada en un hombre brillante. Si alguna vez se cansa de ser tan correcto... yo estaré aquí. Siempre. Para lo que necesite.


Luego se dio la vuelta y se alejó, dejando atrás un aroma sutil que él seguiría percibiendo en su mente días después.

Pasaron los meses. Su dinámica no cambió en apariencia, él seguía siendo el mismo y ella seguía apareciendo con su sonrisa inquebrantable. Pero en los intersticios del día, algo cambiaba. Las miradas se prolongaban un poco más. Los silencios se volvían más densos. Las sonrisas, más sinceras. Myung-seok se repetía cada mañana que debía mantenerse firme, inquebrantable y sin embargo no podía evitar preguntarse por qué esa joven, tan brillante, tan libre, lo miraba a él de ese modo.

Él, que se veía al espejo y solo encontraba cansancio. Que escondía sus ojeras tras sus lentes rectangulares. Que vivía para el trabajo y que había renunciado hace mucho a cualquier noción de romanticismo.

¿Qué veía ella en él?

Nunca lo sabría y aunque nunca se lo preguntaría directamente, la duda lo seguiría como una sombra. Como un susurro suave que no se callaba. Mientras tanto, ella seguiría apareciendo como el otoño que no termina de irse.

Jung Myung-Seok - One shotsStories to obsess over. Discover now