Prólogo

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Primer día del año, 2050. ¡Feliz año! es lo primero que le digo a mi marido, Lucas, al cual cada día quiero un poco más. No obstante, soy consciente de que él cada día me quiere un poquito menos o más bien, se olvida de una parte más de mí. No le culpo, al contrario. Le pido a Dios todos los días poder cambiar su situación por la mía.

¿En que año estamos?- responde él.

Ya estamos en 2050 amor, este año hacemos 55 años de casados-le digo mientras le arropo en nuestra cama y le coloco sus calcetines favoritos-¿Casado? no, te estas confundiendo señorita. Soy muy jovén para casarme, pues tengo tan solo 11 años- Siempre me afirma lo mismo cada vez que le recuerdo algo acerca de nuestro matrimonio.

-Tienes razón corazón, venga ve ya a la cama que es tarde.

Cada día me cuesta más asimilar que ya no me reconoce apenas. Me duele y a su vez me reconforta pensar en el pasado, pensar en esos instantes que no volverán a repetirse, porque así es la vida. El tiempo pasa y sigue pasando, pero no hay un botón para retroceder. Tan solo sigues o lo apagas para siempre. 

Me acuesto a su lado y le doy un beso, después me aferro a su brazo como de costumbre y le recuerdo todo lo que le amo. Tiempo después se despierta agitado, como cada noche, ¡Ayuda!- grita con un tono de terror que me produce una sensación extraña -Estoy aquí, traquilo. Se queda mirándome unos segundos. Derrama una lágrima y, una vez más, se vuelve a dormir.

A la mañana siguiente tomé una decisión para la que considero que no estaba preparada. Era hora de llevar a Lucas a una residencia. Yo cada vez estaba más débil, me costaba moverme con agilidad y no podía cuidar de mí misma si tenía que cargar con la vida de otra persona. Cuándo vinieron a llevárselo no pude contenerme.

-Dejarme más tiempo, por favor. Supliqué entre lágrimas antes de que Lucas saliese por la puerta. Yo fui la que pedí que viniesen a recogerlo esa misma mañana, pero no podía, no me hacía a la idea de pasar una noche sin estar a su lado.

Me dijeron que lo vendrían a buscar por la tarde y yo quería aprovechar el tiempo que me quedaba con él, así que decidí que iba a revivir todos los recuerdos olvidados en aquél hombre de 84 años. Comencé a pintar (cosa que se me daba muy bien) y en un par de horas ya estaba lista para comenzar a relatar nuestra historia.

Senté a Lucas en el sillón en el que solía pasar los días últimamente, le cociné su plato favorito el cual consistía en un plato generoso de sopa de cebolla y le arropé con la manta de nuestra primera hija. Después de darle un besazo en la mejilla comencé por el principio...

El tiempo no retrocedeHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora