Quizás era hora.
Ya varios años sin tocar la cajonera.
Quizás era hora de armarme de valor y sacar a flote lo que tanto postergué; la selección de mis recuerdos olvidados y nostálgicos (y algunos un poco dolorosos)
Si, ya era hora.
Finalmente me armé de valor, y llené una caja de recuerdos dulces. De hecho, fue un cajón entero, cuyo interior traía la caja y un par de cosas más.
Tres bolsas llenas de recuerdos que hoy en día son basura.
Tres bolsas llenas de basura que algún día fueron momentos.
Dicen que limpiar o no limpiar tu habitación te refleja. Y creo que es cierto; cada vez que ordeno siento paz conmigo misma, incluso si no he tocado la cajonera en años.
¿A qué tanto temía? ¿Por qué me tomó tanto tiempo? ¿Por qué fue tan difícil decidirme?
Encontré escritos. Unos que pueden llamarse cartas, y otros simplemente hojas con palabras vacías. Recuerdo mi cumpleaños número quince; un par de invitados a una fiesta que no disfruté. Fue un intento de “gesto” que aún así hoy en día siento amargo. Gente que hoy en día no tengo ni tacto, ni contacto. Y que gracias a dios fue así.
Entre esos escritos encontré también recuerdos olvidados; recuerdos que mi mente había llevado al fondo de mi memoria y que al verlo simplemente me congelé.
Abrí el sobre.
Dudé si leer o no.
Pero no lo hice.
Me estremecí al ver las fotos de mi cumpleaños número catorce. Fotos mías, de niña con mi mamá (quien desde mi infancia hasta mis quince había sido algo similar a un peso, una carga)
Estás fotos traían un dulce mensaje detrás de cada una. No me animé a leerlas por miedo a romper en llanto.
Y entonces recordé las batallas que traía nuestra guerra, los dolores, las ausencias, los ataques de pánico, la humillación, las ansiedades y las heridas.
Y aún así, esas palabras me parecieron tan tiernas como si nada hubiese pasado.
Cómo si nada fuera a pasar.
Siempre ví a mi mamá como una persona quien necesitaba en mi vida, lo cual es asi incluso en la actualidad, pero que me hacía tanto daño que me lo complicaba un poco. Ahora que estoy escribiendo me doy cuenta lo poco que pienso en eso; lo poco que recuerdo y quiero poder recordar.
Algún día me atreveré a leerlas.
Algún día.
Quizás ese día no era hoy.
Ya suficientes años sin recordar(nos)
Quizás este recuerdo no sea tan agridulce como el familiar, pero si lo recuerdo lo suficiente como para sentir una ligera nostalgia.
Encontré pulseras. Una pulsera verde. Ella tenía la celeste, y no te ví usar más la rosa, Muri. Entonces yo también me la quité.
Un trío disuelto, unas amigas separadas. Solía ser divertido, solía sentirme increíble. La compré para las tres, y quedó en aquella cajonera.
La cajonera, que ya van varios años sin tocar.
Quizás no era tan malo todo.
Ya había demasiado mal como para que bien no hubiera.
Encontré tickets. Un pasaje a Ushuaia, uno a Calafate, para ver a los Guns y a Iron Maiden. Recuerdos quizás no tan viejos, que recuerdo con calidez.
Experiencias lindas y cortas, casi como todo en esta vida.
Hasta que llegó lo lindo y duradero.
Recuerdos jóvenes, llenos de alegría y pasión que enriquecieron mi alma y endulzaron mi corazón.
Acá es donde aparece él.
Encontré escritos.
Encontré pulseras.
Encontré tickets.
Pulseras que fuimos compartiendo a lo largo de estos ocho meses. Un ticket para un stand up que vimos en septiembre. Y una carta que me conmueve cada vez que la leo.
La única carta de amor que alguna vez recibí.
Es irónico pensar que entre más me esforzaba en el pasado, peor me salieron las cosas.
Pero ya no es así, y jamás volverá a serlo. Con él es diferente. Con él, ambos nos esforzamos, y luchamos para que las cosas salgan bien.
Encontré un anillo. El primer anillo, aquel que compramos en el barrio chino el primer mes; aquel que llevé puesto hasta San Valentín. El catorce de febrero recibí el anillo de promesa más hermoso que ví en mi vida, y que nunca imaginé que me darían.
Entonces puse todo en una caja. Una caja dentro de un cajón. Sacudí el polvo con un trapo y coloqué con suavidad los recuerdos valiosos. Recuerdos que valen la pena.
Quizás era hora.
Ya varios años sin recordar demasiado.
Dicen que nuestro armario es un reflejo de nuestro interior; si está desordenado, un posible desorden emocional o conflictos sin resolver pueden estar invadiendonos. Recuerdos agobiantes, duros, traumas o incluso miedos y decepciones.
Pero para eso, aún no es hora.
