Ⅰ. Culpable

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Cien, doscientas o trescientas vidas; a decir verdad, no podía decir con seguridad cuántas habían llegado a su fin gracias a ella, sin embargo, estaba segura de una cosa, los habitantes de Bosque Negro llevaban una mejor cuenta de quienes habían m...

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Cien, doscientas o trescientas vidas; a decir verdad, no podía decir con seguridad cuántas habían llegado a su fin gracias a ella, sin embargo, estaba segura de una cosa, los habitantes de Bosque Negro llevaban una mejor cuenta de quienes habían muerto en sus manos.

Al terminar de peinar su castaño y ondulado cabello con los dedos, Evelyn se dejó caer hacia un costado, sobre la ahora no tan mullida cama de paja en la que había estado obligada a dormir el día anterior, y por lo que se estaba dando cuenta, también ese día. Los tres pequeños huecos que servían de ventana, ubicados por arriba de su cabeza, ya dejaban entre ver el gris cielo del amanecer, lo que indicaba que era buena hora de irse a dormir.

Bostezó dando golpecitos en su boca con la palma de su mano. Bueno, qué más daba, en algún momento Dan, el autoproclamado gobernador del pueblo, se daría cuenta que estaba perdiendo el tiempo al encarcelarla; los pobladores exigirían su liberación, o quien sabe, él mismo se vería en la necesidad en el momento en que los bandidos atacaran Bosque Negro. No importaba la razón, saldría libre, era cosa de esperar.

De igual forma, no pudo evitar preguntarse qué era lo que estaba ocurriendo en el pueblo. Hace cuatro días la mitad de los animales de los pobladores habían amanecido muertos. De los pocos que no se convirtieron en trozos de carne esparcidos como semillas dentro de sus corrales (según se dieron cuenta después de examinarlos), resultaron estar secos como tasajos.

Una pequeña parte de los habitantes, no demoraron en mirar con evidente sospecha a Evelyn, en especial el imbécil de Dan. A ella la tuvo sin cuidado sus miradas y cobardes acusaciones por lo bajo, sin embargo, no pudo hacer mucho después de que, en la tarde del siguiente día, no encontraron ningún animal muerto, sino que, no muy alejados del patio donde solían jugar, hallaron a los pequeños mellizos de la lavandera. La situación empeoró cuando al examinar sus cuerpecitos, además de la falta de sangre, encontraron más de una marca de piquete que les atravesaba la piel. En sus cuellos, pechos y brazos, perforaciones que todos sabían que nadie más que Evelyn podía dejar, es decir, la marca de su mordedura después de beber de la sangre de quienes se alimentaba.

—Eh, mocoso. ¿No tienes nada mejor que hacer como por ejemplo dormir? —Evelyn escuchó de pronto fuera del calabozo donde la habían enjaulado.

—No, a diferencia de muchos, puedo pasar la noche despierto —respondió una joven voz masculina, cargada aún con el tono agudo de un niño—. Además, me dijeron que volviera al siguiente día, y pues supongo puede ver que está por amanecer, ¿no?

—Confío más en el canto del viejo Desplumado, pero como ves, ya no está para avisarme que mi turno ha terminado, así que lárgate.

—Solo déjeme hablar con ella.

—Que no, mocoso insistente. Vete de una vez o te enseño a obedecer como tuvo que haberlo hecho tu madre.

El sonido de las patas de una silla al ser arrastrada por el piso de piedra al momento en que un pesado cuerpo se pone de pie. Protestas del chico a la vez que sus pies se deslizan, ya que, al parecer, lo estaban haciendo retroceder a la fuerza.

La artifice de la sangre | PausadaStories to obsess over. Discover now