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El primer recuerdo que tenía Ueda Kohana de su infancia era el ruido. Un ruido interminable, invasivo, que no venía de ninguna parte en particular y, sin embargo, estaba en todas partes. Pensamientos ajenos inundaban su mente como un río desbordado, palabras no dichas y emociones sin filtro que la obligaban a taparse los oídos, aunque supiera que no serviría de nada.

—Son imaginaciones tuyas, Kohana —decía su madre con dulzura, aunque en su mente resonaba otra cosa: ¿Y si realmente está enferma?

—Tal vez es una fase —murmuraba su psiquiatra, con la mirada llena de compasión—. Pero cuéntame más, ¿qué escuchas exactamente?

Todo.

No lo decía en voz alta. Sabía que no le creerían.

Con los años, aprendió a distinguir los pensamientos de las voces reales. A ignorar lo que no quería escuchar. A aceptar que lo que la hacía diferente no era un delirio, sino una verdad que el resto del mundo nunca entendería.

Hasta que lo vio a él.

Un chico de su edad, con el uniforme impecable y la mirada perdida en la nada. Sentado solo en un banco del parque, como si el mundo a su alrededor no existiera. Kohana no se habría fijado en él de no ser por un detalle imposible de ignorar.

Silencio.

Por primera vez en su vida, su mente no se vio invadida por pensamientos ajenos. No había voces flotando en el aire, ni emociones dispersas que no le pertenecían. Nada. Solo vacío.

Sin darse cuenta, se quedó mirándolo, aturdida, intentando encontrar algo que no estaba ahí. Un pensamiento, una duda, una sola palabra en su cabeza... pero no había nada.

Antes de pensarlo, habló.

—¿Por qué estás tan callado?

El chico parpadeó, saliendo de su ensimismamiento, y la miró por primera vez.

—¿Eh?

—Tu mente... no dice nada. —Kohana frunció el ceño, como si estuviera ante un fenómeno imposible—. Nunca había visto a alguien así.

Él la observó en silencio por un instante, analizando sus palabras.

—No sabía que la gente pudiera escuchar lo que pienso —respondió con simpleza.

Kohana sintió un escalofrío. No era la primera vez que alguien la llamaba rara, pero esta vez sonó diferente. Como si él no la juzgara, solo estuviera afirmando un hecho.

—¿Tienes poderes psíquicos? —preguntó él.

Ella dudó antes de responder.

—Supongo. —Sus ojos bajaron al suelo—. Aunque no sirven para mucho.

El chico negó con la cabeza.

—Si puedes escuchar lo que piensan los demás, entonces sabes lo difícil que es vivir con algo así.

Kohana levantó la vista.

—¿Tú también...?

Él asintió levemente.

—Soy Kageyama Shigeo. Pero puedes llamarme Mob.

Kohana no estaba segura de qué hacer con la presencia de Kageyama Shigeo. Toda su vida había estado rodeada de ruido, de pensamientos ajenos que se filtraban en su mente sin que ella lo pidiera. Pero con él, por primera vez, había silencio.

— Ueda Kohana.— se sentó a su lado sin pedir permiso.— Kohana, está bien.

Ese vacío era desconcertante y, al mismo tiempo, reconfortante.

No era que él no pensara, eso sería imposible. Pero sus pensamientos no flotaban en el aire como los de los demás. Era como si su mente estuviera envuelta en algo denso, impenetrable, como un muro infranqueable.

Ecos En El Silencio ✧ Mob Psycho 100 Stories to obsess over. Discover now