Ya casi anochecía, las enormes nubes coloreadas tal pintura al óleo en tonos naranja, rosa y violeta danzaban como gráciles bailarinas en el este, cuando un pisotear de pezuñas sobre la alfombra de hojarasca seca del Bosque de Abetos delató la presencia de un pequeño grupo de jinetes.
Avanzaban a paso ligero hacia la Ballena de Piedra, la inexpugnable fortaleza ancestral del reino de Arilhom. Sus cotas de malla adornadas con la insignia del narval plateado tintineaban al compasado movimiento de los caballos. Al frente del grupo un silencioso caballero con una capucha de seda gris guiaba con seguridad a sus hombres hacia el palacio, donde debía reunirse con la reina para transmitirle el habitual informe mensual.
Su paso era cauteloso pero firme, antes del anochecer ya estaban cruzando el descomunal puente colgante con forma de boca de ballena que unía el castillo con el exterior. De inmediato los guardias reconocieron la insignia en sus corazas y se les permitió ingresar al interior del patio principal. Descabalgaron y tan pronto hubieron sentido los adoquines de piedra bajo las botas el caballero de la capucha de seda dijo con voz pausada y resonante:
—Debo entrevistarme con su majestad cuando antes.
Uno de los hombres presentes en el patio, el capitán de la guardia nada más y nada menos preguntó con tono desconfiado:
—¿Quién solicita con tanta urgencia una audiencia con su Majestad y para qué?
El encapuchado sonrió levemente y añadió:
—Por lo visto no puedo abandonar este castillo andrajoso por mucho tiempo, pues al parecer mis hombres olvidan por completo sus modales.
—¿Mi señor?¿ Es usted realmente?—el asombroso en el rostro del capitán solo era superado por el del resto de los guardias.
—Le he enseñado bien. No ha cualquiera puede permitírsele acceder a la presencia de la reina y menos en estos tiempos de guerra. ¿Cierto Ser Holker?
—Por supuesto mi señor—el capitán bajó la cabeza sutilmente en señal de respeto— La reina lo está esperando, permítame escoltarlo.
—Eso no será necesario. Conozco este palacio como la palma de mi mano. Puedo encontrar el camino solo. Igualmente le agradezco y le agradeceré aún más que ordene dar de cenar a mis hombres y que los mozos de cuadras cuiden de los caballos.
—Por supuesto Comandante. A sus órdenes.
Con una pequeña reverencia el hombre giró sobre sus talones y caminó a grandes zancadas atravesando el gran patio, recorrió corredores, subió escaleras saltándose tres escalones, iba casi sin levantar la vista del suelo, no lo necesitaba, se había criado en ese palacio, correteando con una espada de madera por el gran patio y las caballerizas, trepando por las almenas y las paredes del acantilado y desde luego robando pasteles de moras de la cocina. Todo aquello parecía tan lejano, ya la espada en su cinturón no era de madera, ya no jugaba a los caballeros, era uno, el comandante del Ejército de Arilhom, ya no tenía diez años.
Era impresionante recordar todo aquello como si hubiese sucedido hacía siglos. No necesitó que le dijeran la ubicación de su Majestad, sabía perfectamente dónde se encontraba. Al final de las interminables escaleras de la torre más alta del palacio se encontró frente a una imponente puerta de roble con pesadas aldabas de oro talladas con la forma de un narval. Respiró hondo, como siempre, ya hacía tres años que hacía esto mensualmente, pero aún le invadían los nervios cuando tenía que empujar esa puerta que tenía en frente. Salió rápidamente de sus pensamientos que le habían entretenido unos minutos.
El chirriar de la enorme puerta era bastante molesto y el tintinear de las aldabas de oro al balancearse demoró en desaparecer. Entró a la habitación inspeccionando todo
Cuidadosamente, las paredes estaban adornadas con hermosos tapices de escenas marinas, la majestuosa cama de coral con sábanas de seda azules, cubierta de almohadones de plumas le pareció muy tentadora a su dolorido cuerpo. El revuelto escritorio se encontraba lleno de libros de gruesas solapas, trozos de papel arrugado, el sello real tirado en un rincón y marcas de tinta en cada rincón. Sobre una mesa torneada yacía una hermosa jarra de oro que desprendía el embriagador aroma de un buen vino junto a ella sobre una bandeja de plata descansaban varias frutas que desprendían frescura y una bandeja de bronce con pan de cebada, carne seca, panceta y bollos de mantequilla. Sintió su estómago removerse inquieto, así que apartó la vista dirigiéndola a la cálida luz tenue que se colaba por la puerta abierta del balcón.
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Crónicas de un caballero errante.
FantasyEn un universo ficticio en una época medieval se cierne una batalla entre dos reinos Krannys y Arilhom,por el control de un continente, sus recursos y por supuesto sus habitantes. En dicho conflicto se verán envueltos diferentes personajes que serán...
