La luz del amanecer atravesaba las cortinas pesadas de la alcoba real, iluminando la fría perfección de los muebles tallados y los tapices bordados. Aeliana, aún en la cama, observaba el techo con la mente ausente. Sentía el peso de otra mañana más, igual a todas las anteriores. A su lado, la otra mitad del lecho ya estaba vacía.
Thalos, su esposo y príncipe del reino, se encontraba de pie frente al espejo, ajustando los detalles de su atuendo. Su porte era impecable, como siempre. El cabello oscuro peinado hacia atrás y la capa bordada con el emblema real caían perfectamente sobre sus hombros. Aeliana lo observó en silencio durante unos segundos antes de romper la quietud.
—¿Vas al consejo tan temprano? —preguntó, intentando mantener su tono casual.
Thalos no se giró. Su mirada seguía fija en su reflejo mientras ajustaba el broche dorado de su capa.
—Sí. Hay temas urgentes que tratar. —respondió con un tono neutro, casi mecánico.
Aeliana se sentó en la cama, abrazando sus piernas.
—¿Qué temas son tan urgentes esta vez?
—El comercio en las fronteras. —Thalos la miró de reojo, con un destello de impaciencia en los ojos—. No es algo que te preocupe.
Ella apretó los labios, conteniendo una réplica. Thalos siempre había tenido esa habilidad de hacerla sentir irrelevante en los asuntos del reino. En los primeros meses de su matrimonio, Aeliana había intentado interesarse, hacer preguntas, incluso sugerir ideas. Pero con el tiempo, su indiferencia hacia sus opiniones había apagado ese ímpetu.
Thalos, al notar su silencio, dio un paso hacia la cama.
—¿Y tú? —preguntó, su tono más como una cortesía obligada que un interés real—. ¿Qué harás hoy?
—Ir al jardín, como siempre. —respondió ella con voz suave, bajando la mirada al suelo.
Él asintió, sin demostrar emoción alguna.
—No te alejes mucho. Sabes que fuera de estos muros no estás completamente segura.
Ella alzó la vista para mirarlo. Esa era su manera de preocuparse: no con palabras de cariño, sino con advertencias sobre los riesgos y amenazas. Antes de que pudiera decir algo más, Thalos se inclinó hacia ella, depositando un beso frío y breve en su frente. Luego, sin una sola mirada atrás, se dirigió a la puerta.
—Nos veremos en la cena. —fue todo lo que dijo antes de marcharse.
La puerta se cerró con un leve chasquido, dejando a Aeliana sola en la inmensa alcoba. El peso de la soledad se hizo aún más evidente.
El jardín: su refugio en medio del vacío.
Poco después, Aeliana caminaba entre los rosales y fuentes de mármol del jardín real. Allí, rodeada de flores y el murmullo del agua, podía respirar sin sentir el peso de las expectativas y el control constante de su esposo.
Mientras se perdía en sus pensamientos, un sonido suave la sacó de su ensimismamiento. Era una melodía, ligera y melancólica, que flotaba en el aire. Aeliana siguió el sonido con curiosidad, avanzando entre los setos hasta llegar a un claro donde un joven estaba sentado bajo un árbol.
Lior el soldado, con el cabello castaño despeinado y una expresión de profunda concentración, tocaba una flauta de madera. Sus dedos se movían con destreza, y sus ojos estaban cerrados, como si la música lo llevara a otro lugar.
Aeliana lo observó desde la distancia, fascinada por la sinceridad en su rostro. Sin querer, dio un paso adelante, y una rama crujió bajo su pie.
Lior abrió los ojos de inmediato y se puso de pie de un salto, ocultando la flauta detrás de su espalda como si hubiera sido sorprendido haciendo algo indebido.
—Princesa... —balbuceó, haciendo una reverencia torpe.
Aeliana sonrió con suavidad, divertida por su nerviosismo.
—No te preocupes. No quería asustarte.
—No es eso... —Lior se apresuró a responder, con las mejillas encendidas—. Solo... no esperaba que alguien estuviera aquí.
—Tocas muy bien. —dijo ella, dando un paso más cerca—. Es raro escuchar algo tan... sincero en este lugar.
Lior tragó saliva, visiblemente nervioso.
—Gracias, princesa. Solo lo hago en mi tiempo libre.
Ella lo miró con curiosidad. Había algo en él, algo diferente a todos los cortesanos y nobles que la rodeaban en el palacio.
—¿Cómo te llamas?
—Lior, Alteza. —respondió, inclinando la cabeza.
—¿Lior? —repitió ella, probando el nombre. Le gustaba cómo sonaba.
Antes de que pudiera preguntar algo más, una voz grave interrumpió el momento.
—¿Qué ocurre aquí?
El tono firme de Thalos hizo que Aeliana y Lior se giraran al instante. El príncipe estaba de pie entre los rosales, con los brazos cruzados y una expresión de desconfianza evidente.
—Nada importante, esposo. —respondió Aeliana con calma, aunque sentía que su corazón latía más rápido—. Estaba escuchando su música.
Thalos avanzó hacia ellos, su mirada fija en Lior, quien ahora estaba tan rígido como una estatua.
—¿Eres músico o soldado? —preguntó, su voz gélida.
—Soldado, mi señor. —respondió Lior rápidamente, evitando su mirada—. Solo tocaba en mi tiempo libre.
—Asegúrate de usar tu tiempo libre en algo más útil. —espetó Thalos, su tono cargado de desprecio.
Lior asintió rápidamente, inclinando la cabeza.
—Mis disculpas, mi señor. No volverá a ocurrir.
—Que no ocurra. —sentenció Thalos, antes de mirar a Aeliana—. Tú, ven conmigo.
Aeliana sostuvo la mirada de su esposo por un momento antes de seguirlo. Sin embargo, antes de irse, volvió la vista hacia Lior. Sus ojos se encontraron por un breve instante, y algo en esa mirada hizo que su corazón se agitara.
Esa noche, en su alcoba, Aeliana no pudo dormir. Los celos de Thalos y la torpe dulzura de Lior permanecían en su mente. Por primera vez en mucho tiempo, sintió que algo había cambiado dentro de ella. Algo que no podía ignorar.
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El Reino de los Corazones Cautivos
FantasyEn un reino donde las apariencias lo son todo, la princesa Aeliana vive atrapada entre un matrimonio frío con el poderoso y celoso príncipe Thalos, y una chispa de vida que encuentra en el joven soldado Lior. Obligada a cumplir con su deber, pero an...
