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Ena despertó sobresaltada, con el corazón martilleando en su pecho. El cuarto estaba en penumbras, pero la luz de la luna se filtraba por las cortinas, proyectando sombras que se movían con el viento. Se llevó una mano a la frente, empapada de sudor, mientras intentaba calmar su respiración.
Había soñado con él otra vez.
Un hombre de ojos gris acero y una voz que le resultaba tan familiar como su propio nombre. En el sueño, estaban en un campo de flores bajo un cielo teñido de un púrpura irreal. Sus manos se entrelazaban, y aunque Ena no podía recordar las palabras que él le había dicho, sí sentía el eco de su promesa: “Te encontraré. Siempre lo hago.”
Se sentó al borde de la cama, temblando. Había tenido sueños como ese durante meses, cada vez más vívidos y reales. La sensación de pérdida que dejaban era insoportable, como si hubiera perdido algo —o alguien— importante, pero no sabía qué.
Sacudiendo la cabeza, intentó convencerse de que eran solo sueños. Se levantó, fue hasta la ventana y la abrió, dejando que el aire fresco de la noche la envolviera. Desde su pequeño apartamento en la ciudad, podía ver las luces parpadeantes de los edificios y escuchar el murmullo lejano del tráfico. Todo parecía normal, pero en su interior había un vacío que no podía explicar.
Del otro lado del multiverso, Kael también soñaba con ella.
En un laboratorio sumido en penumbras, rodeado de máquinas que brillaban con un resplandor azul tenue, Kael estaba sentado frente a una pantalla llena de ecuaciones. Sus ojos estaban cansados, y su cabello oscuro caía en mechones desordenados sobre su frente, pero no podía detenerse.
Había dedicado años a este proyecto: encontrar el patrón que conectaba sus vidas con las de Ena. En cada universo donde habían existido, siempre terminaban juntos, pero algo los separaba antes de que pudieran ser felices. Guerra, enfermedad, sacrificio... el destino siempre encontraba una forma de arrebatársela.
Kael no podía aceptar eso. No después de recordar.
Había creado un dispositivo llamado el Anillo de Eternidad, una máquina capaz de registrar los recuerdos de sus vidas pasadas. Cuando lo usó por primera vez, todo se aclaró: los sueños que había tenido desde niño no eran invenciones de su mente, sino fragmentos de experiencias reales en otros universos. Y en todas esas vidas, siempre había estado con Ena.
Pero no esta vez. No en esta vida.
Aquí, todavía no la había encontrado, y el miedo de perderla otra vez lo consumía. Había rastreado su existencia hasta este universo, había visto sus sombras a través de las distorsiones del espacio, pero algo lo detenía: El Guardián del Equilibrio.
Una entidad que protegía la estabilidad del multiverso, asegurándose de que ninguna vida interfiriera en exceso con los otros mundos. Kael sabía que lo vigilaba, sabía que estaba rompiendo las reglas, pero no le importaba. Esta vez, salvaría a Ena.