Capítulo 1

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El viento soplaba con suavidad entre las ramas de los árboles mientras la noche comenzaba a envolver el bosque. La luna, apenas un pequeño resplandor en el cielo nublado, iluminaba con parsimonia el sendero cubierto de hojas secas por el que avanzaban dos siluetas. 

Uno de ellos caminaba con un paso firme y tranquilo, sin ninguna prisa aparente. Su postura relajada y la mirada serena daban la impresión de que nada podía perturbarlo. Giyuu Tomioka, Enigma y Pilar del Agua, se dirigía junto a su compañero hacia una misión en las afueras de una aldea. 

A su lado, más bajo pero no menos imponente, avanzaba con cierta rigidez Obanai Iguro, Pilar de la Serpiente. A simple vista, cualquiera pensaría que la diferencia de estatura entre ellos era ridícula. Con su metro cuarenta y cinco, Obanai parecía aún más pequeño junto al metro ochenta de Giyuu. Pero eso no le molestaba; estaba acostumbrado a que lo subestimaran. 

Su complexión delgada y su falta de altura no eran un reflejo de debilidad. Sabía muy bien que su infancia le había pasado factura en términos de nutrición, y nunca se detuvo a lamentarlo. Lo único que realmente le irritaba era la incomodidad constante de la máscara que ocultaba la mitad inferior de su rostro. A veces se preguntaba cómo sería caminar sin ella, sin la presión de la tela contra su piel. 

Pero ahora mismo, había algo más importante molestándolo. 

El calor. 

No era un calor común. No era el resultado de la caminata o del peso de su espada. Era un calor interno, abrasador, que comenzaba a recorrer su cuerpo con cada paso. 

Obanai frunció el ceño. 

No puede ser...

Había calculado bien su ciclo. Su celo no debería llegar sino hasta dentro de una semana. Había tomado las precauciones necesarias, había planeado su misión con base en ello. Pero ahora, con cada minuto que pasaba, sentía la opresión en su pecho aumentar, sus extremidades hormiguear y su temperatura subir. 

Un escalofrío recorrió su espalda. Kaburamaru, su fiel serpiente, siseó inquieta en su hombro, como si también notara su cambio. 

Apretó los puños, negándose a ceder ante la sensación. No iba a permitir que su cuerpo lo traicionara de esta manera. 

Pero entonces, sintió otra cosa. 

Un aroma. 

Un aroma fresco, limpio, reconfortante, como la tierra mojada después de una tormenta. 

Giyuu.

Obanai sintió que su respiración se volvía errática. El olor del Enigma comenzaba a llegar a él de una manera que nunca antes había notado. Su presencia, tan tranquila y desapegada, de repente parecía envolverlo con una calidez insoportable. 

Su pecho subía y bajaba con dificultad. 

—Tch... —murmuró, deteniéndose por un momento. 

Giyuu se giró hacia él con el ceño levemente fruncido. 

—¿Te sientes bien? —preguntó en su tono monótono. 

Obanai chasqueó la lengua, sintiendo un escalofrío recorrer su espalda. 

—Cállate —gruñó, sin querer admitir lo obvio. 

Pero Giyuu no apartó la mirada. Lo observó en silencio, con esa paciencia inquebrantable que siempre tenía. 

Y entonces lo comprendió. 

Obanai estaba en celo.

El Pilar del Agua dejó escapar un leve suspiro, volviendo la vista al camino. 

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