Cuando era niña, me encantaba acostarme sobre la hierba suave y fresca, sentir la brisa que pasaba golpeando mi piel y despeinando mi pelo, el olor a tierra y flores que me envolvía como un abrazo cálido, y mirar las nubes pasar, observando ese basto cielo azul que parecía estirarse hasta el infinito.
Encontraba formas de animales o rostros en las nubes, y me sentía como si estuviera descubriendo secretos escondidos en el cielo.
La primavera era, para mí, la mejor estación para disfrutar del tiempo al aire libre, cuando las flores florecían y las aves volaban y cantaban sus hermosas melodías más que nunca.
En esos pequeños momentos, sentía una paz y una inmensa tranquilidad, ese momento en el que nadie me buscaba para hacer mis deberes, y podía simplemente ser.
Mi sueño siempre había sido ser un ave para volar lejos de mi hogar, lejos de mi familia, ser libre de ir a dónde yo quisiera, recorrer y visitar las maravillas que el mundo tiene para ofrecerme, maravillas que solo encontraba en los libros que leía para escapar de mi realidad.
Quería ser un ave para sentirme libre, para que nadie me dijera qué hacer y qué no, para disfrutar de mi vida sin restricciones, sin miedo a ser juzgada o criticada.
Pero, en cambio, era un ave enjaulada, en una jaula de oro que parecía brillar con una luz falsa, con las alas cortadas y sin voz para cantar.
Sin libertad para hacer lo que yo quería, llena de riquezas pero sin libertad para disfrutarlas, sin poder huir por mi cuenta ni dar mi opinión o decir no.
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La venganza de los caídos
FantasyAria es una joven atrapada en un ciclo de pesadillas recurrentes que la atormentan cada noche. Mientras lucha con sus visiones oscuras, descubre que estas no son meros reflejos de su consciencia perturbada, sino fragmentos de un poder oscuro que se...
