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Las calles estaban inundadas de gente era la hora en que todos salían de sus trabajos. Lo odiaba detestaba el metro, los empujones, el calor humano que le robaba el aliento.
Se dejó caer en una de las sillas, agotada, y esperó que el otro llegara estaba cansada de estar de pie. Revisó el teléfono había vibrado. Suspiró al ver que solo era un mensaje del prestamista reclamando el pago.
—¿Tiene un minuto? —dijo una voz masculina.
Alzó la vista y se encontró con un señor atractivo que sonreía con confianza.
—No… gracias. No voy a comprar nada. No me malgaste su tiempo; no le compraré nada —respondió, mirándolo a los ojos.
—¿Acaso me ve cara de vendedor? —preguntó él, divertido. Abrió su maletín y dejó ver fajos de billetes. —Dakji. Si usted gana, le doy ese dinero.
Ella lo miró incrédula. —¿Y si pierdo?
—Usted deberá pagarme.
Ella frunció el ceño. —No tengo dinero.
Él sonrió, como si lo hubiera estado esperando. —Entonces puede pagarme con otra cosa.
La joven arqueó una ceja, molesta. —¿Otra cosa?
—Una cachetada —aclaró él, con tono ligero.
Ella soltó un suspiro entre frustración y alivio. —Está bien…
El juego fue rápido y tenso fichas contra el suelo, manos firmes, respiraciones contenidas. Perdió varias veces, y cada derrota la dejó con la mejilla ardiendo. Pero al fin, logró voltear la ficha de su oponente.
El hombre aplaudió con calma, como si lo hubiera esperado todo el tiempo, y le extendió un sobre lleno de billetes.
—Bien jugado. Tome. Quedan pocos lugares —dijo, deslizando una tarjeta hacia ella.
Contempló el dinero en sus manos: era lo que ganaba en un mes y lo había obtenido en un día por jugar un juego de niños. Esa tarjeta, con un número al reverso, ardía en su bolsillo como una promesa peligrosa.