Volvía a ser de noche en aquella habitación mía, aquella que siempre parecía más grande en la oscuridad. Reinaba un silencio tan abrumador que no solo llenaba el espacio, sino también mi mente, como si cada rincón de aquella soledad intentara hacerme compañía. Era un silencio pesado, casi tangible, el tipo de silencio que te obliga a escuchar tus propios pensamientos con una intensidad que roza lo insoportable .
Acostada con la absurda esperanza de que alguien, cualquiera, entrara por aquella puerta de madera oscura. Quizás con una palabra, quizás con una sonrisa, o incluso con nada más que su presencia, para romper ese vacío que parecía interminable. Pero la puerta permanecía cerrada, y yo, atrapada en mi propia espera, no podía evitar preguntarme si alguien, en algún lugar, sabía cuánto necesitaba que entraran.
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Un vestigio de mi disipada juventud.
RandomSomos algo más que las partes que nos conforman
