El dolor de cabeza era insoportable, una presión constante que latía justo detrás de sus ojos. Harry tenía la sensación de que, si no lograba calmarse pronto, su magia terminaría estallando y despedazando cada ventana del Ministerio.
Acababa de salir de una reunión, y para ser sincero, había sido un desastre. El ministro de Magia, un hombre de rostro redondeado y actitud desdeñosa que le recordaba dolorosamente a su tío Vernon, había pasado toda la sesión lanzándole comentarios mordaces, cuestionando su capacidad como jefe de aurores. El hombre ni siquiera trataba de ser sutil; giraba bruscamente la cabeza cada pocos minutos, con ese molesto crujido de cuello, solo para encontrar una nueva manera de señalar que Harry no estaba a la altura de su puesto.
Era como retroceder en el tiempo.
Después de la guerra, cuando todo terminó, Harry se había refugiado en Grimmauld Place, buscando algo de paz, un respiro del caos. Pero estar solo había sido un error. Su mente no era un lugar seguro; las pesadillas no lo dejaban dormir, y los rostros de quienes habían caído en la batalla lo perseguían incluso cuando estaba despierto. Finalmente, salió de su autoimpuesto aislamiento, decidido a ocupar su mente con algo más que su propio dolor.
Fue entonces cuando se unió al cuerpo de aurores, con el apoyo incondicional de Kingsley Shacklebolt. Durante años, se dedicó a reconstruir tanto su vida como la confianza de la comunidad mágica en su nombre. Pero todo cambió cuando Kingsley dejó el puesto de ministro. Su sucesor, un hombre mucho menos comprensivo, no hacía más que exigirle respuestas rápidas y soluciones milagrosas.
Y ahora estaba aquí, al borde del colapso, con otro caso sin resolver sobre sus hombros.
Todo comenzó semanas atrás, cuando varios estudiantes de Hogwarts fueron ingresados a San Mungo. Los jóvenes presentaban síntomas alarmantes: somnolencia extrema, pérdida de memoria a corto plazo y una risa incontrolable que los hacía parecer desconectados de la realidad. Uno de ellos, tras horas de náuseas y vómitos, mencionó una poción que supuestamente ayudaba a "despejar la mente". Nadie sabía quién la fabricaba ni cómo la distribuían, solo que llegaba a través de lechuzas, tras verificar la firma mágica del comprador.
El caso escaló rápidamente. Harry lideró una redada en Hogwarts, recuperando varios lotes de la poción, pero aunque lograron limpiar el castillo, eso no resolvía el problema principal. Necesitaban encontrar a los responsables, y rápido.
Los pocionistas que consultaron no lograron mucho. La poción estaba demasiado destilada para identificar sus ingredientes. Con cada informe vacío, la presión sobre Harry aumentaba. El ministro lo había humillado frente a todo el equipo, y aunque había pasado una semana desde esa escena, el sabor amargo persistía.
De regreso en su oficina, Harry apenas saludó a su secretaria antes de encerrarse. Los informes se apilaban en su escritorio, pero no podía concentrarse. Cuando finalmente el patronus de Hermione irrumpió en la habitación, dándole una excusa para escapar, no lo dudó.
Ahora estaba sentado en el acogedor salón de la casa que Hermione y Ron compartían. El aroma a madera quemada y té recién hecho llenaba el aire, y aunque la calma del lugar contrastaba con el caos en su mente, Harry no podía relajarse.
Hermione, con su creciente vientre de embarazada, organizaba papeles mientras Ron devoraba un extraño aperitivo: pepinillos con mostaza. Harry trató de ignorar la sensación de náusea al verlo comer y centró su atención en los documentos que Hermione le había entregado.
—Esto es... ¿de la MACUSA? —preguntó Harry, frunciendo el ceño mientras leía.
—Un conocido mío trabaja allí —respondió Hermione, con ese tono de satisfacción que usaba cuando sabía que había dado con una respuesta clave—. Me contó que han estado lidiando con una situación similar desde hace un año.
—¿Un año? —Harry levantó la vista, incrédulo.
—Los americanos son muy reservados con sus problemas —dijo ella, encogiéndose de hombros—. Pero tienen un equipo de pocionistas trabajando en una cura. Han logrado identificar algunos de los ingredientes de la poción.
Harry asintió lentamente, tratando de procesar la información. Por un momento, se permitió sentir una chispa de esperanza, pero se apagó rápidamente al recordar cuán celosos eran los americanos con sus investigaciones.
—Ellos no nos ayudarán, Hermione.
—Tal vez no, pero siempre puedes ofrecerte como voluntario para trabajar con ellos —sugirió Ron, tomando otro bocado de su extraño aperitivo.
Harry lo miró, sorprendido.
—¿Voluntario?
—Escuché que pidieron apoyo al Ministerio, pero el ministro se negó —continuó Ron con indiferencia, como si estuviera hablando del clima.
Harry sintió cómo su estómago se hundía. ¿Por qué no le habían informado de eso?
Hermione lo miró con preocupación, pero Harry ya estaba tomando una decisión. Dejó su vaso de whisky de fuego sobre la mesa y se puso de pie.
—¿Qué tan difícil sería gestionar un traslado temporal? —preguntó.
Ron dejó caer un pepinillo en su plato, y Hermione parpadeó, alarmada.
—Harry, piénsalo bien. Esto es apresurado...
Pero él ya había tomado su decisión.
—El ministro quiere una solución. Se la daré.
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Red tulips
Fiksyen PeminatHarry Potter está al borde del colapso. Jóvenes magos están ingresando a San Mungo con síntomas inexplicables: fiebre mágica, convulsiones y un extraño letargo. Todo parece indicar que una poción sin nombre es la responsable, pero no hay rastro del...
