Capitulo 4: La línea que nunca cruzamos

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La semana había sido un torbellino. Desde aquel beso en su casa, Therese había vuelto a ser la mujer inquebrantable y profesional que todo el mundo conocía. Pero en cada reunión, cada cruce de miradas, podía sentir el calor que intentaba negar. Por mi parte, apenas podía concentrarme en mi trabajo. Su ausencia emocional era más palpable que nunca, pero cada gesto suyo tenía un magnetismo que no podía resistir. Aquella noche, tras una sesión de fotos interminable, recibí un mensaje que hizo que mi corazón se detuviera.

Therese: Ven a mi casa. Tenemos que hablar.

El mensaje era directo, seco, sin espacio para dudas. Intenté no pensar demasiado mientras pedía un taxi, pero mi mente era un desastre. Al llegar, me sorprendió una imponente mansión con columnas de mármol y un jardín perfectamente iluminado. Nada que ver con mi pequeño departamento.

Cuando toqué el timbre, la puerta se abrió casi al instante. Therese estaba allí, descalza, vistiendo un conjunto de seda negro que parecía diseñado para tentar a cualquiera. Su cabello caía en ondas suaves sobre sus hombros, y su perfume llenó el aire entre nosotras.
— Rosie... pasa.

Su voz era suave, pero cargada de una tensión que no podía descifrar. Entré en silencio, mi mirada recorriendo la casa: techos altos, muebles de diseño y un arte moderno que gritaba lujo. Pero lo único que podía ver era a ella.
— ¿Qué pasa, Therese? -pregunté, sintiendo cómo el aire se volvía más pesado a cada segundo.

Ella cerró la puerta, acercándose a mí con pasos lentos.
— No puedo seguir ignorando esto... -dijo, y antes de que pudiera responder, sus manos estaban en mi rostro, y sus labios encontraron los míos con una urgencia que me dejó sin aliento.

El beso era intenso, casi desesperado. Sus manos bajaron por mi cuello hasta mi cintura, atrayéndome hacia su cuerpo como si temiera que me escapara. La textura de la seda contra mi piel encendió cada uno de mis sentidos, y cuando sus labios se movieron hacia mi mandíbula, un suspiro escapó de mis labios.
- Therese... -susurré, intentando recuperar el control de mi mente, pero ella ya estaba guiándome hacia una habitación más oscura, más íntima.

El dormitorio era una obra de arte, decorado con tonos oscuros y cálidos que parecían amplificar la atmósfera cargada entre nosotras. Therese me empujó suavemente hacia la cama, mirándome con una intensidad que hizo que mis rodillas flaquearan.
- Dime que lo deseas tanto como yo... -murmuró, su voz ronca mientras se inclinaba sobre mí.

Mis manos subieron instintivamente hacia su rostro, acariciando su mandíbula antes de atraerla hacia otro beso profundo.
- Más de lo que puedo explicar... -admití en un susurro.

Ella no necesitó más. Sus manos comenzaron a desabotonar mi blusa con una precisión y un deseo que me dejaron temblando. Cada prenda que caía al suelo parecía aumentar el calor entre nosotras, y pronto no quedaba nada entre su piel y la mía.

Therese era un contraste de firmeza y ternura: sus labios marcaban un camino ardiente por mi cuello mientras sus manos exploraban mi cuerpo con una mezcla de curiosidad y devoción. Cada roce, cada beso, cada caricia me hacía sentir como si fuera la única persona en su mundo.

Cuando finalmente me tumbó sobre la cama, sus labios descendieron lentamente, dejando un rastro de fuego sobre mi piel. Sus manos se deslizaron por mis caderas, asegurándose de que cada rincón de mí estuviera bajo su control. Sentí que mi respiración se volvía errática mientras ella continuaba bajando, su mirada nunca apartándose de la mía.
- Quiero memorizarte, Rosie... -susurró, su voz cargada de deseo.

No pude responder. Mis palabras se perdieron entre jadeos y suspiros mientras ella me llevaba a un lugar donde nada más importaba, donde todo lo que existía era el placer y la conexión entre nosotras.

Horas después, nos quedamos en la cama, nuestras piernas entrelazadas mientras el silencio cómodo llenaba el espacio. Therese acariciaba mi cabello, sus dedos dibujando patrones en mi espalda desnuda.
- Esto no debería estar pasando... -murmuró, pero había una suavidad en su voz que contradecía sus palabras.

Me apoyé sobre mi codo, mirándola.
- ¿Por qué te niegas a ser feliz?

Ella me miró con esos ojos oscuros que escondían tanto.
- Porque el mundo no es tan simple, Rosie. Lo que tenemos aquí... no puede salir de esta habitación.

Sentí un nudo formarse en mi garganta, pero me forcé a asentir.
- Entonces hagamos que este momento valga la pena.

Therese no respondió, pero el beso que siguió fue su manera de decirme que, al menos por esta noche, éramos solo nosotras.

Las consecuencias de decir te quiero... 2Stories to obsess over. Discover now