Cuando los cañones guardaron silencio.

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26 de Diciembre, 1914

Mamá.

La semana pasada escribí que los alemanes nos mandaron mensajes por navidad. No sé si les llegó.
Primero los franceses decidieron corresponder, enviaron buenos deseos al otro lado de Tierra de Nadie.
Mis superiores dijeron que no debíamos confiar en ellos, estamos en guerra y podrían querer tenernos una trampa.
No les hicimos caso, y tarde o temprano también ellos mismos se nos unieron.

Fue hace dos días. 24 de diciembre, día de nochebuena.
Fuimos hasta el lugar donde tantos habían caído, ese espacio que separaba nuestra trinchera de la suya, un lugar cubierto por la sangre de nuestros hombres, la misma que se mezcló con el lodo que había bajo la nieve.

Ví cómo los oficiales se dieron un apretón de manos, poco después los soldados alemanes lanzaron sus armas. Rifles manchados de sangre y lodo. Los franceses los siguieron, y nosotros hicimos lo mismo.

Primero los abrazos, por primera vez ví a un soldado alemán y a uno francés convivir como hermanos.
En otro momento probablemente se habrían matado los unos a los otros, hoy se trataban como si hubieran sido los mejores amigos toda su vida.

No importaba la guerra.
No importaba la sangre.
No importaba la muerte.
Ese día todos éramos hermanos.

¿Quién lo diría?
Llevo desde agosto aquí, he visto a gente morir, he visto a otros matando sin piedad, a los hombres mas valientes llorar desconsolados.
Y sin embargo, puede que esta es la primera vez en años que realmente puedo decir que estoy felíz, jamás pensé que volvería a ver tanta paz desde que llegué.

Hace poco más de un mes estábamos tratando de matarnos, y ayer incluso pudimos jugar al fútbol, como niños de la calle que no se tienen que preocupar por lo que pasará mañana.

Desde que Henry me hizo enlistarme, no recuerdo una sola vez en la que haya sonreído genuinamente.
Y tenía que ser con los hombres junto a los que servía, y con aquellos que me ordenaron asesinar a sangre fría, de entre todas las personas del mundo.
Ni siquiera con mi propia familia, ni siquiera con mis antiguos amigos, por llamarlos de alguna manera.
Ese momento de paz entre tanta oscuridad y tanta muerte fue lo que verdaderamente me trajo felicidad.
Irónicamente, hace sólo unos días todos estábamos tratando de matarnos y no morir en el intento.

Cuando cayó la noche ya nos habíamos reunido para cenar.
Los franceses tenían la mejor comida, incluso vino y queso, y ahora todos podíamos compartir.

Me hice amigo de un soldado francés, se llama Alexandre Lacroix, estoy seguro de que lo había visto antes. Tiene la edad de Richard y se voluntarió desde Lyon.
Él no habla nada de inglés, pero creo que he aprendido bastante francés en todo lo que llevo aquí.
Luego se nos unió un soldado alemán. Karl Strauss. Por suerte él habla inglés, y me pudo ayudar un poco a entender a Alexandre.
Alex le ofreció asiento y una cerveza.
Seguramente era unos diez años mayor que yo. Para cuándo llegó la noche, cantamos villancicos como si no estuviera pasando nada en el mundo.
No sabía que existían versiones alemanas o francesas de Silent Night, suena extraño, pero no nos importó.

Tarde o temprano me empezó a consumir un miedo latente a que fuera a dormir como todos, y al despertar tuviera que encontrarme con que todos estemos muertos. ¿Cuánto iba a durar este tiempo de paz? ¿Para el día siguiente tenía que volver a encontrarme con toda esta gente como enemigos otra vez?
No quería ver cómo volvía a escalar de un juego amistoso a una lucha a muerte en la que vivir nunca significó realmente ganar
¿Y si volvía a ver a Karl apuntandome con un arma?
¿Y si tenía que ver a Alexandre siendo alcanzado por la artillería?
No quería dormir y que toda la felicidad que había tenido en tan sólo ese día se fuera para siempre.

Con amor, desde la Tregua de Navidad Stories to obsess over. Discover now