La pequeña princesa llevaba un rato escondiéndose de sus nanas, y por ende, de sus padres. Esa mañana, le habían despertado más temprano de lo normal y habían jaloneado sus largos y plateados cabellos sin decir palabra. Ni si quiera pudo desayunar el pan con grasa de tripa de venado y ojos de buey, ni tomar su té de flor de topacio debido el constante movimiento en su cabeza.
Llegó un momento en que, harta de los rudos tratos de sus nanas, decidió excusarse con una mentira: iría a buscar a sus padres. Lo cierto era que solo quería tener un pequeño descanso, le rugía el estómago y nadie le explicó porqué todos actuaban tan erráticos; caminó despacio por los pasillos del castillo para no parecer sospechosa y que alguien la detuviera por ello, en cambio, miraba a todos los sirvientes a los ojos, les sonreía y aceptaba las reverencias presurosas que lograban propinarle. Unos tenían las manos llenas, otros, como los centauros, tenían sus manos y sus lomos atiborrados de aún más cosas para adornar la mesa y pensaba ella, la entrada.
En algún momento, al ver tanta gente yendo de un lado a otro, hizo como que entraba al ala de los aposentos de los reyes, no obstante, en cuanto el pasillo se vio desierto, corrió directo al jardín real. Este espacio era bastante espeso, tanto que resultaba difícil de explorar incluso para los sirvientes experimentados gracias a la amplia vegetación, pues parecía que dentro del castillo existía un bosque y que no tenía fin. El barro llenó sus zapatos blancos de forma escandalosa en cuanto puso un pie dentro, su vestido, blanco de igual forma, se astilló con los matorrales cada vez que daba un paso para adentrarse aún más.
Sabía que la encontrarían con rapidez en cuanto se dieran cuenta de su ausencia, pero lo único que quería era darle un mordisco a su pan sin que nadie la molestara por dos minutos. Se puso de cuclillas sin molestarse en colocarse detrás de un arbusto, sabía que los árboles eran lo suficientemente robustos como para cubrir su figura infantil y cuando se halló cómoda, degustó sus alimentos despacio, disfrutando de los labios grasos que dejaban a su paso. Lamentó no haber llevado consigo su té de alguna manera, y también lamentó no ser capaz de manejar los conjuros de teletransportación para aparecer frente a sí no sólo una taza, sino, una jarra entera de aquella bebida que tanto adoraba. ¿Qué es lo que les pasaba a todos el día de hoy? No había visto a sus padres y tampoco a su institutriz en toda la mañana.
Sus piernas se acalambraron un rato después, así que se puso de pie despacio y, mirándose las manos grasosas, quiso limpiarse con el vestido, pero pensó que su mamá se enojaría por el olor que emanaría –sin contar la mancha amarilla que dejaría a su paso–. Con las manos sucias, se encaminó al corazón del jardín, donde se hallaban unas bancas y un pequeño manantial en el que podría enjuagarse las manos, y si tenía suerte, encontrar una pequeña flor rupia que serviría como jabón para limpiarse las comisuras de los labios. Esta vez fue más cuidadosa tanto con su vestido, como por sus zapatitos, pues una oleada de culpa comenzaba a cubrirla; ahora no quería ser encontrada, prefería que la dejaran ahí toda la vida, quizá los árboles frutales la mantendrían con vida.
Al llegar al manantial, buscó la pequeñísima flor roja que se usaba en el palacio para mantener todo limpio, desde platos hasta personas; la encontró con facilidad.
—Flor de rupia, oh, sagrada flor que de tierra bendita brotas, concédeme los beneficios que se obtienen de tus hojas. Derrama en mi ser tu oficio, prometo que tu poder no será usado en vano—recitó, tocando levemente los pétalos. Desde muy pequeña, su madre le explicó que cada uno de los seres que existían en el reino debían ser respetados, las flores en particular eran celosas y si alguien no pedía autorización para arrancar alguna para usarla, toda la especie podía enojar y morir. Liora no sabía el conjuro completo porque aún tenía seis años, en cambio, conocía la versión resumida que se pasaba de generación en generación, pero que de igual forma, alegraba a las flores. No todas eran curativas, pero les encantaba oír que eran importantes, por ello, las últimas palabras eran de suma importancia. Cuando la flor se movió un poco, la princesita la arrancó con delicadeza y, finalmente, pudo lavarse las manos y el rostro.
KAMU SEDANG MEMBACA
Amor, ¿eres mío?
FantasiEn un mundo lleno de magia no es raro establecer relaciones diplomáticas entre pares; no obstante, ¿qué ocurre cuando el nuevo de rey de los humanos cae perdidamente enamorado de la reina de los elfos? ¿No se supone que las relaciones diplomáticas t...
