capitulo 1- destino

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Mi nombre es Elizabeth. Yo era lo que muchos conocían como un “héroe”, un ser tocado por la mano de los dioses, dotado de una bendición que, según decían, me otorgaría el talento para alcanzar un poder inimaginable. Todos aseguraban que sería capaz de lograr cualquier cosa, que mi destino estaba marcado por una fuerza mucho mayor que yo.

Pero era una mentira. Un engaño que no pude ver hasta que ya no tenía más tiempo. Pensé que todo lo que decían que sería capaz de lograr era cierto, que mis sacrificios eran un precio pequeño comparado con la grandeza que alcanzaría. Sin embargo, la triste realidad no es tan dulce como las viejas historias de héroes cazadores de dragones o grandes conquistadores.

A pesar de que todos me llamaban heroína, yo nunca me sentí como tal... no, más bien, nunca quise serlo. Nunca supe cuál era la verdadera tarea de un héroe. ¿Acaso era vencer dragones? ¿Enfrentar reyes demonio? Aunque al final creo que ni siquiera eso importaba. Solo era un héroe más del montón, una herramienta manipulada para cumplir los caprichos de unos cuantos.

—Qué absurdo… —dije en voz baja, dejando escapar un suspiro.

El rey demonio, un ser inmenso que unificó las tribus del páramo, una tierra árida y peligrosa donde criaturas grotescas y horrendas habitaban, gobernaba lo que llamaban el Reino de los Demonios. Ese lugar, pobre y sombrío, justificaba el deseo del rey demonio de expandirse. Sin embargo, su codicia lo llevó a querer conquistar el continente entero, lo que despertó la furia de las grandes potencias. El rey demonio era, sin lugar a dudas, un tonto, aunque no se podía negar que poseía un poder imponente, uno que obligó a los trece héroes legendarios a unir sus fuerzas para derrotarlo. El ejército élfico desbordó a los demonios sin esfuerzo, y los generales del rey demonio sucumbieron, ya sea en batallas previas o intentando salvar lo que quedaba de su tierra. El castillo del rey demonio se redujo a ruinas cuando la barrera mágica que lo rodeaba fue destruida, y las armas mágicas del ejército imperial derribaron sus murallas.

—¡El rey demonio ha muerto! —exclamó Aurora, una de los trece héroes, con fervor.

—¡Ahhh! Cierra el pico un rato, trato de descansar —gruñó Freya, tendida en el suelo, con una expresión de fastidio.

—¡Dejen de pelear ya! —dije, mi paciencia al límite mientras me recargaba contra una de las desgastadas columnas del salón.

Si estos dos siguen así, realmente me va a dar un dolor de cabeza. Suspiré, tratando de ignorarlos. Pero había algo más que no lograba sacarme de la mente. A pesar de que el Rey Demonio había sido derrotado, esa sensación no desaparecía: una mirada, intensa y fija, como si alguien estuviera escondido entre las sombras, observándonos desde algún rincón del castillo.

¿Quién podría ser? Miré a mi alrededor con cautela. No hay nadie más aquí. Además de nosotros, este lugar debería estar vacío.

—Tú también puedes sentirlo, ¿no? —murmuró León, quien permanecía de pie cerca de las escaleras, observando el techo con atención.

—¿Sentir qué? —le respondí, aunque sabía perfectamente a qué se refería.

—Esa mirada —dijo en un tono bajo pero firme—. Como si alguien nos estuviera observando… esperando el momento perfecto para atacar.

Mis dedos se tensaron sobre el mango de mi arma. Así que no era solo mi imaginación. La sensación era real.

—Así que no soy la única… —murmuré, recorriendo el lugar con la vista mientras el peso de aquella presencia invisible crecía en mi pecho. La atmósfera del salón se sentía densa, como si algo estuviera acechándonos desde las sombras.

—Disimula un poco —añadió León, apenas un susurro, pero cargado de autoridad—. Ya sabe que lo hemos notado.

—¿Qué...? —pensé, y al instante un rugido tan fuerte como un trueno resonó en todo el salón, haciendo que el castillo entero empezara a temblar. Todos, impactados por el sonido, se asustaron y desenfundaron sus armas rápidamente.

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