Capítulo 1: "El Secreto del Rojo"

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Siempre me dijeron que el amor debía ser suave, como las nubes o como el viento. Algo cálido, algo puro. Pero yo nunca lo sentí así. En mi mundo, el amor era rojo, ardiente y profundo. Era la sangre que corría por las venas y me llamaba con su canto hermoso y prohibido. Cuando era niña, pensé que nunca lo entendería. Nadie me entendía a mí.

Y entonces apareció ella.

Conocí a Ochaco Uraraka un verano demasiado caluroso, cuando el polvo del camino se pegaba a los zapatos y el sol nos quemaba la piel. Estaba sentada sola cerca del río, donde el agua corría lenta, como si el tiempo se hubiera detenido solo para mí. Nadie me buscaba. Nadie me esperaba.

Pero ella me vio.

-¿Por qué estás aquí sola? -me preguntó.

Era pequeña, como yo, pero sus ojos grandes y marrones brillaban como si estuviera hecha de luz. Yo bajé la mirada. No estaba acostumbrada a que me hablaran.

-Porque no tengo amigos -respondí. Mi voz salió más amarga de lo que quise.

Ella frunció el ceño, como si estuviera pensando muy fuerte, y luego sonrió. Una sonrisa amplia y sincera que hizo que mi pecho se sintiera raro.

-Ahora tienes una amiga. Me llamo Ochaco.

Ochaco. Nunca había escuchado un nombre más bonito.

Ese día jugamos juntas. Recogimos piedras del río y fingimos que eran tesoros. Me habló de su familia, de sus sueños, de cómo quería ser heroína para ayudar a sus padres. Yo no tenía sueños como ella. Mis pensamientos siempre estaban rotos, manchados de rojo. Pero mientras ella hablaba, me olvidaba de eso. Me olvidaba de todo.

-Toga-chan, ¿qué es eso? -me preguntó días después, cuando me vio sosteniendo una pequeña mariposa muerta entre las manos.

-Es hermosa. Todo lo que muere es hermoso -dije sin pensar, porque siempre decía lo que sentía cuando estaba con ella.

Ochaco no se asustó. No se fue. Solo me miró con curiosidad, como si quisiera entenderme. Fue entonces cuando tropezó. Cayó al suelo y una gota de sangre apareció en su rodilla.

La vi. El rojo brillante, hermoso. La boca me sabía seca.

-¿Qué pasa? -preguntó, al verme tan quieta.

-¿Puedo...? -No pude decirlo todo. No quería asustarla. No quería perderla.

Pero Ochaco solo sonrió otra vez. Como si yo no tuviera nada malo, como si fuera normal querer algo así.

-¿Quieres tocarla? No duele. Mira, te dejo.

Acercó su dedo a mi cara, donde una pequeña herida dejaba salir otra gota de sangre. No pude evitarlo. La toqué, y en ese instante sentí que algo dentro de mí se encendía. Era amor. Tenía que ser amor.

-Si esto te hace feliz, no hay problema. Pero prométeme que no le dirás a nadie. Será nuestro secreto.

Un secreto. Una promesa.

-¿Una vez por semana? -pregunté, con lágrimas en los ojos.

-Sí. Una vez por semana.

Desde ese momento, las semanas pasaron, y todo comenzó a cambiar para mí. Cada vez que veía a Ochaco, el tiempo parecía detenerse. El mundo a su alrededor se volvía cálido, y mi pecho se llenaba de una emoción que no sabía cómo describir. Ese amor que me habían dicho que era suave, que era puro, no lo era para mí. El mío era ardiente, insaciable, y lo encontré en cada gota de sangre que me compartía.

Es extraño cómo las promesas se vuelven una necesidad, cómo algo tan simple se convierte en la única razón para seguir adelante. Cada semana esperaba con ansias ese momento. El momento en que ella se ofrecía a mí, de forma incondicional, sin miedo ni juicio. Su sangre, ese rojo brillante, me llenaba de algo que no podía comprender. Era mi amor, mi deseo, mi único anhelo. Ella me daba lo que necesitaba, sin preguntar, sin entender lo que eso significaba para mí.

Pero mientras más me acercaba a ella, más sentía que me alejaba de mí misma. Sabía que lo que hacía no estaba bien. Sabía que mi amor no era el tipo de amor que los demás entendían, y mucho menos el que ella podría entender. Pero cada vez que sentía el sabor de su sangre, todo lo demás desaparecía. Su sangre me hacía sentir viva, completa. Como si, finalmente, estuviera siendo yo misma.

-¿Toga-chan, qué te pasa? -me preguntó una vez, mientras me veía tan perdida en mis pensamientos.

-Nada, no te preocupes. Estoy bien.

Mentí. Porque nunca estuve bien. Mi corazón latía con un amor que no era normal, con una necesidad que no podía satisfacer. Me estaba volviendo adicta a ella, y eso me asustaba.

Las semanas pasaron, y mi amor por ella creció, se intensificó. Pero al mismo tiempo, comencé a darme cuenta de algo más: no era solo la sangre lo que deseaba. No era solo la forma en que me alimentaba de ella. Lo que realmente deseaba era su amor, su aceptación. Quería ser parte de su mundo, de su vida, de sus sueños. Quería ser la razón por la que ella sonreía, la razón por la que su corazón latía con fuerza.

Pero no era así. Yo no era la razón de nada. Yo solo era la chica extraña que pedía su sangre una vez a la semana. Y con cada nueva semana, mi esperanza se desvanecía un poco más.

La sangre que me daba no solo me nutría, me transformaba, pero también me destruía. Cada vez que sentía el dolor en mi pecho, cuando pensaba en todo lo que nunca podríamos ser, me preguntaba si alguna vez podría detenerme. Si alguna vez podría dejar de buscar algo que nunca podría tener.

Pero no podía. Porque cada vez que tocaba su sangre, cada vez que sentía su calor, mi deseo se encendía aún más. Ella era la única que podía calmar esa necesidad. Pero, al mismo tiempo, también era la única que me mantenía en la oscuridad, separada de la verdad, de la realidad.

Ochaco me había prometido que sería nuestro secreto, pero lo que no sabía era que mi secreto se había convertido en una obsesión. Y cada vez que la veía sonreír, cada vez que me miraba con esos ojos llenos de luz, yo sabía que nunca podría alcanzarla. Porque en su mundo no había lugar para alguien como yo.

Mi amor por ella era mi prisión, y al mismo tiempo, mi único escape. Y, aunque lo deseaba con todo mi ser, nunca podría ser suficiente.

Solo una gota de sangre Stories to obsess over. Discover now