Prólogo

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El puerto de Nekoma es famoso debido a su mercado costero, sea lo que sea que estés buscando, es seguro que, lo encontrarás aquí, especialmente en una zona concurrida conocida como el callejón de los gatos callejeros

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El puerto de Nekoma es famoso debido a su mercado costero, sea lo que sea que estés buscando, es seguro que, lo encontrarás aquí, especialmente en una zona concurrida conocida como el callejón de los gatos callejeros. Kenma entendió de inmediato el porqué del nombre, cuando pasó cerca del lugar mientras vagaba por la zona y, en su camino, se cruzó con al menos dos docenas de gatos y el hedor de la orina llegó a sus fosas nasales causándole arcadas. La gente de Nekoma no era precisamente rica; sin embargo, se notaba el marcado contraste que existía entre el callejón de los gatos callejeros y el resto del mercado, incluso llegó a pensar que una de las condiciones para acceder a esa área en específica es tener el pelo largo, enredado y maltratado, una barba espesa que no conoce las cuchillas de afeitar, ropa hecha jirones y el aroma característico de la orina de gato. No es que esté juzgando a esas personas —lo hace—, pero ha visto al menos 3 o 4 hombres de ese tipo y no pudo llegar a otra conclusión.

Su mirada se movió fascinada por el resto del lugar durante su recorrido, las grandes redes de pesca que cuelgan con gracia en el muelle, adornadas en los bordes con chapas doradas —cada una de ellas lleva un grabado diferente a ambos lados, un sol y una luna—, parecidas a monedas de oro pesadas, que brillan con la luz del sol poniente y tintinean cuando una brisa sacude las redes. Los puestos comerciales, en cambio, tienen telas rojas que contrastan con el dorado: los diferentes tonos de rojo y escarlata son tan llamativos que no puedes evitar girar en su dirección y mirar.

El bullicio, el aroma de la salinidad del agua marina que es arrastrada por la suave brisa, todo el lugar rebosa de vida.

Así fue como terminó aquí en primer lugar.

—Esa cuesta tres monedas de oro o también puedo dejártela en veintiocho monedas de plata.

Kenma levanta la mirada de golpe y, como si hubiera salido de un largo trance, observa a la mujer frente a él, manteniendo la cabeza gacha en todo momento. Es una mujer joven, con el cabello corto y castaño que cae libremente sobre su espalda. Tiene una mirada aburrida, unos ojos de irises cafés que no expresan absolutamente nada. Lleva un vestido de encaje blanco y solo la pañoleta de colores burdeos —atada a su muñeca— es lo que le da un poco de color para no hacerla parecer demasiado fría y hostil ante sus compradores.

Sus manos pican por subir hasta la capucha que lleva puesta y tirar de ella un poco más abajo sobre su rostro, pero se contiene. Baja la mirada una vez más y observa el pequeño objeto que descansa sobre su palma abierta: Es un colgante sencillo, como cualquier otro que encontrarías en una tienda de baratijas o que podría pasar desapercibida entre los muchos otros colgantes que ya hay a su alrededor; sin embargo, para Kenma, con solo verla, una inmensa sensación de anhelo llena su corazón. El colgante sujeto a la cuerda oscura es una pequeña chapa dorada con una estrella incrustada en el centro y es innegable que es un accesorio que la gente de su antigua tribu usaría. Kenma lo sabe mejor que nadie, porque había visto a su madre llevar consigo una de ellas en incontables ocasiones.

El último Omega | Kuroken.Cerita yang buat anda obses. Terokai sekarang