"Lo que no murió el día de la gran guerra, se conserva con la misma fuerza esperando a su liberador."
En lo profundo de un castillo abandonado, el silencio es la única compañía de una princesa cuyo nombre ha sido borrado por el miedo de su propia m...
Cuando el primer navío de Zargas arribó a tierra firme, sus tripulantes no encontraron promesas, sino un desierto hostil. Huyeron del mar tras el brutal embate de los piratas, arrastrando el miedo a ser alcanzados y la desesperación de la inanición. Caminaron durante días bajo un sol inclemente hasta situarse en el corazón de aquella enorme y desolada isla, donde el agua era salada y el hambre acechaba.
Fue entonces cuando una joven, movida por una curiosidad que desafiaba al miedo, decidió explorar más allá de los límites del campamento. Tras horas de marcha sobre la arena, sus ojos hallaron un milagro: un riachuelo de agua dulce. Emocionada, llenó su cuenco dispuesta a volver con los suyos, pero la tierra tembló. Entre los arbustos, una figura imponente emergió del silencio. Su magnitud era tal que la joven cayó de rodillas, esperando una muerte lenta.
Sin embargo, la gran bestia batió sus alas y detuvo su juicio. Al mirarla, logró leer a través de sus ojos: vio un alma pura, desprovista de odio. Conmovida por su inocencia, el guardián ancestral le permitió habitar la isla bajo una condición inquebrantable: los humanos jamás cruzarían el límite del riachuelo y solo acudirían por agua a una hora fija del día. Agradecida, ella prometió servirle eternamente.
Con los siglos, el asentamiento se transformó en la gran capital de Zargas. La joven, al compás del tiempo, estrechó un lazo inquebrantable con la bestia; un amor profundo nació entre ambos y unieron sus vidas bajo las leyes de su pueblo. Pero el resto de las criaturas vio aquella unión como una traición a su sangre.
La furia de las bestias no tardó en caer sobre el reino. Atacaron por aire, quemando hogares y reduciendo la gloria de Zargas a cenizas. En medio del caos y la destrucción de su imperio, la ahora reina ofreció su propia vida y selló un pacto de sangre inquebrantable para detener la masacre: prometió que su descendencia sería fiel a ellos, gobernando Zargas como aliados eternos de las bestias.
Las criaturas, al reconocer la pureza de su alma, aceptaron la tregua, pero impusieron una última condición. Gracias a su naturaleza mística, pudieron ver que en el vientre de la reina latían dos corazones: uno enteramente humano y otro que destellaba con un brillo sagrado y especial. Exigieron entonces que el hijo varón reinara acompañado siempre por un guardián ancestral, mientras que la niña debía ser enviada a un lugar sagrado para evitar que la ambición de los hombres manchara su corazón.
Y así se cumplió. De aquel vientre nacieron dos linajes: Einar de Zargas, el rey que guió a su pueblo hacia una era de prosperidad inigualable, y Skandle de Zargas, la princesa santa, quien fue entregada a la villa ancestral que más tarde adoptaría su nombre: Skandle, la tierra santa de las hechiceras.
El reino prosperó durante siglos bajo el amparo del pacto. Sin embargo, toda paz tiene su invierno. El rey Fion de Zargas ha caído en combate, y la pequeña heredera al trono ha quedado, por primera vez, a merced de la soledad y de un tablero político a punto de estallar.
El castigo por la muerte del rey Fion no fue el exilio, sino el silencio. Tras el funeral, por orden directa de la reina, Yara fue apartada de la corte brillante y confinada en el castillo viejo de Zargas. Era una fortaleza de piedra negra y pasillos helados, la estructura original donde los primeros navegantes se habían asentado siglos atrás y que ahora servía como una prisión olvidada. La reina quería a su hija lejos, oculta y controlada, marchitando su juventud entre rejas de hierro y muros cubiertos de hiedra.
Pero la reina cometió un error en su decreto: para no gastar recursos en la seguridad de la princesa caída en desgracia, ordenó que una joven campesina de los alrededores fuera llevada al viejo castillo para encargarse de las tareas pesadas y servir a la cautiva.
Esa muchacha era Thea.
Thea llegó al castillo arrastrando unos zapatos gastados, vistiendo un burdo vestido de lana y con una mirada sumisa que no levantaba la menor sospecha entre los guardias. Para todos, era solo una huérfana del pueblo, una chica común asignada a una tarea ingrata. Sin embargo, desde el momento en que sus ojos se cruzaron con los de Yara en la penumbra de la torre, algo cambió.
Los años pasaron entre los muros del castillo viejo de forma monótona, tejiendo una complicidad inquebrantable entre las dos. Para Yara, Thea se convirtió en su única ventana al mundo, su apoyo y su confidente en la miseria. Crecieron juntas, compartiendo raciones escasas, limpiando el polvo de las viejas salas y buscando calor en las noches frías, mientras el reino exterior continuaba su rumbo olvidándose de la heredera.
Sin embargo, el castillo viejo guardaba un secreto que la reina no previó al encerrar a su hija allí. Al ser la fortaleza original, sus cimientos colindaban directamente con los límites del páramo de los dragones, el territorio prohibido de las leyendas.
A medida que Yara dejaba atrás la infancia y se convertía en una mujer, el encierro empezó a transformarse. Ya no era solo el eco del viento en las almenas lo que rompía las noches; eran susurros. Voces antiguas, densas y vibrantes, que se filtraban entre las grietas de la piedra, llamándola.
Los dragones, sintiendo la presencia de la sangre real tan cerca de su frontera, empezaron a reclamar a su aliada.
Mapa: Capital del Reino: zargas
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Moneda oficial: kinks. Hechos de escamas de dragón, las blancas son las más valiosas.
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